sábado, 7 de mayo de 2011

Auch carajo, estas con tu cuerpo!

Desde que nací, me cuentan mis padres, era encorvado. Dicen que camino igualito a mi abuelo, y el era también asi, encorvado. El hecho es que me llevaron a varios doctores y en todos los casos, la solución a mi problema era la misma: ejercicios. Por ahi, algunos decían que sujetara un palo detrás de mi espalda con los brazos por unas cuantas horas.

Ya en Lima, (llegamos el 84, cuando tenía casi 10 años), mis papas contraron a una enfermera para que me ayudara con los ejercicios de fisioterapia. Tenía yo un colchoncito que tendía en el piso y ahi me iba indicando la enfermera qué debía hacer. No eran nada difíciles: de costado levantar una pierna, luego la otra. De frente, lo mismo, y asi. La verdad es que no recuerdo bien cuáles eran todos los ejercicios. Pero yo prefería conversar con la enfermera.

Como no se veía ningún progreso (no es que fuera tampoco el jorobado de Notre Dame, pero dice mi mamá que me hacia una "S" cuando me sentaba en el escritorio) me llevaron a un especialista en la Clinica El Polo. No recuerdo el nombre del doctor (pero se lo preguntaré a mi mamá porque me interesa googlearlo) pero el vio mis radiografías y preguntó si alguien en la familia tenía el mismo problema (o sea, medio jorobado). Mi papá le contó de su papá y le dijo que su hermano mayor (mi tio Germancito, que en paz descanse) era igual. Entonces el doctor le pidió a mi viejo que -si tenía la confianza suficiente- le pediera a mi tio que fuera a consulta conmigo. Asi fue, y -no estoy tan seguro de esto- pero creo que a ambos nos puso en bibidí (¿así se escribe?) y nos hizo caminar de un lado a otro. Nos miro de frente y de costado.

Finalmente, su diagnóstico fue escoliosis, es decir, una curvatura mayor a lo normal en la columna vista de perfil. Existe también cuando se ve a la persona de frente, y existe la que tiene ambos (que terrible debe ser eso!). Como no había sido constante con los métodos anteriores, y estando ya de 13 años, lo que debía hacer era usar un Corsé de Milwaukee. Nos derivó a la Clinica San Juan de Dios porque ahí estaban los mejores técnicos para hacer el corsé a medida. Es (bueno, era, no se ahora) a medida que tiene que hacerse.

Me pidieron que fuera con un polito viejo. La razón era que para hacer el molde de mi cuerpo tenían que vendarme con yeso (como cuando te rompes un hueso) desde un poco mas abajo de la cintura hasta el pecho. Y asi te meten al horno!. (No, mentira, te cortan el yeso ya duro con todo y polito viejo, lo rellenaban con mas yeso, y lo metían horno).

Regresamos y recogimos el corsé. Regresé muchas veces más para ajustes en la altura del corsé y en cada visita veía a muchísimos niños y niñas inválidos, en silla de ruedas, bebitos con yeso desde la cintura a las pies, y tantas cosas más. El nacimiento que armaban en Diciembre era alucinante!.

Era horrible usar le corsé. Estaba paralizado de la cintura para arriba, y tenía que usarlo durante 23 horas al día. Sólo disponía de una hora para poder bañarme. Muchos se preguntarán (me lo preguntaron hace 23 años) si me lo tenía que quitar para ir al trono. Yo les bromeaba diciendo que tenía una compuerta que permitía hacerlo de manera cómoda. Por supuesto que no!. Para distraerme un poco y alejarme de ese sufrimiento (era verano de tercero de media, año 88) mis papás me compraron un teclado Casio en Tacna. Mi papá lo tuve meses caletado en su oficina, pero su chofer, el gran César (no por Ave Cesar, sino porque es su nombre) me dateó de la compra. De verdad que funcionó. Adoraba ese tecladito y sacaba de oido un montón de canciones. Tuve un excelente profesor (el hermano de mi amiga Rosita Choccare) que me dio solo un par de clases. Me enseñó las notas musicales y los acordes y me dijo: Listo, tú mismo eres ahora.

Durante todo el verano, mis amigos del cole que vivian en el barrio ya me habían visto con el corsé. Lo llamaban "Tu Cuerpo". Nadie me decía "Oye, quítate tu corsé"  sino "tu cuerpo". Fue muy difícil acostumbrarme a usar mi cuerpo. Dormir era lo peor. Tenía que hacerlo boca arriba, cosa que nunca he podido (sufro en el bus o avión). Pero mi mamá me decía: "hijito, no dejes que ese aparato te gane, tú debes ganarle al aparato. Mi tía Pety, que siempre iba los veranos con mis primos me daba masajes en la hora que me lo podía quitar, y después me hechaba talco entre los homóplatos, ya que ahí iba una almohadilla que presionaba mi espalda hacia adelante, y durante una época me salían ampollas por el sudor.

Al final, lo llegué a acostumbrar completamente, hasta manejaba el carro de mi papá y mi bicicleta, aunque nunca debí hacer caballito con la bicla porque me fui rectito de espaldas hacias atrás. No me dolió porque tenía la almohadilla en la espalda. Esa que me sacaba ampollas. Incluso, casi todos mis patas dle cole ya me habían visto usándolo. Pero el roche iba a ser cuando comenzara el colegio. Tercero de media, época de quinceañeros. Pero finalmente el día llegó. De afuera, solo se veía el collarín de fierro, pero al acercarse se notaba que algo raro habia. Los primeros en preguntarme qué era y por qué lo llevaba puesto fueron los profesores. Les contestaba que en verano me había caído y que esa era la razón por la cual lo usaba. Me decián de todo, Robotech, Robocop, Transformers, jajaja, pero yo me reía nada más. La verdad que no me acuerdo ningún episodio en donde me haya sentido mal, o talvez lo he borrado de mi memoría, pero estoy casi seguro que siempre lo tomaba a la deportiva. Total, yo era el chibolo que se debía admirar por tener tanta fuerza de voluntad para usar semejante aparato.

Recuerdo una vez que mi pata El Pez, (seguro que no se acuerda) estaba que me fregaba y yo algo le diría o haría que él, asadazo, me metió un puñete, pero se jodió, porque estaba con el corsé puesto y se dio contra una tremenda vara de alumnio. "Auch carajo" gritó. "Estás con tu cuerpo". Tampoco me podían cortar la colita que me dejaba atrás porque las tijeras se atracaban en las dos baras que salían de la cintura hasta la parte posterior de mi cuello, la nuca.  Lo mejor: odiaba Educación Física, y el doctor fue claro: "Haz mucho ejercicio" me dijo. Obviamente yo le decía al profesor: "Profe, el doctor me ha prohibido cualquier ejercicio fisico". Y obviamente el profesor me creía.

Ya en cuarto de media, con la columna perfectamente alineada (en realidad los resultados se vieron después de los primeros meses) yo me quitaba el corsé al llegar al cole y me lo ponía para regresar. Me había perdido ya varios quinceañeros (que huevas! debi hacer el baile del robot!) y ya no quería usarlo. Hablé con mi papa y me dijo que ya era año y medio de uso, y que me apoyaba en la decisión de ya no regresar (por enésima vez) a la San Juan de Dios para otro ajuste. Debo haber crecido casi 20 centímetros y por eso era que hacíamos visitas seguidas a la clínica.

Seguro al verme en el cole usando el corsé, una chica de un año más que yo (estaría en 4to y yo en 3ro) se animó a usar corsé. Era flaquita y alta aunque no la recuerdo muy jorobada. Pero no duró. Otra queridísima amiga me dijo que le hablará a su sobrina ya que había sido diagnosticada con lo mismo. Le hablé. Le dije que era la mejor decisión de mi vida (después tuve otras igual de trascendentales) y que en el caso de mueres, mejor aún ya que te saca una cinturita alucinante. Durante años tuve una cintura envidiable, ahora es solo memorable, porque ya no queda nada de ella.

Que agradecido estoy a mis papás por haberme curado. A mi tio Germancito, a mi teclado Casio. A mis amigos. Los mismos amigos con los que jugamos fulbito los martes y nos vamos una vez al mes a salar a algun candidato a la presidencia. Jamás sentí que se burlaran de mí (tampoco me hubiera dejado creo) y el haber usado ese aparato -mi cuerpo- no solo fortaleció mi columna, sino mi carácter.

Hasta la próxima entrega. Disculpen errores ortográficos o semánticos. Me da mucha pereza revisar. Además no soy un Nobel (aunque si noble) para hacerlo.