lunes, 18 de noviembre de 2019

Vivir a mil


Esa noche de viernes no estaba tan fría como podría esperarse para casi mediados de Julio. Salí a dar una vuelta y me encontré con Iván. Me invitó a cenar a un chifa en José Leal con Guise, a unas cuadras de nuestro colegio. Era uno de mis chifas favoritos, a pesar de ser de los más modestos.

Unos meses atrás, había comenzado a trabajar como profesor y podía darme algunos gustos, antes negados para un joven estudiante. Sin embargo, ese restaurante siempre era mi primera opción, y más aún cuando ya no dependía de la caridad del mozo para el vasito con agua (no me alcanzaba para la gaseosa).

El chifa en cuestión era un local modesto, un típico chifita de barrio. Tenía una entrada angosta, decorada al estilo de una pagoda oriental, con ribetes dorados y gruesas rejas. Predominaba el rojo en todo: en los cerámicos de la entrada, en las paredes y en los manteles de las mesas cuadradas. Había encima de cada una un servilletero Coca-Cola -también rojo- y una botella de sillao, con tapa roja.

No era casualidad que Iván me haya llevado a ese chifa. Resulta que era el favorito de sus papás. Conocían al cocinero, y este les preparaba los platos más selectos. En más de una ocasión me encontré con ellos: yo con mi menú de cinco, ellos con su opíparo banquete.

A medida que el mozo iba trayendo la comida, - no dejaba de bromearle, haciéndole creer que se había equivocado de plato, o que nos debían preparar un plato cuyo nombre él inventaba. “Si o no, Germán. Tú ya has comido eso, si o no” me decía, giñando un ojo.
Trascurría así la cena, entre wantanes y siu-mais, conversando de todo, cuando me mencionó que estaba a punto de llegarle la sorpresa. Que nos tenía una sorpresa.

—Habla pues, ¿Qué es? ¿Un carro? —le pregunté.
—Es LA sorpresa —me dijo sonriendo, siempre sonriendo, y ladeando su cuerpo.
—Entonces debe ser LA camioneta, o LA moto —le dije.

Iván vivía a mil por hora. Le encantaba competir y ganar. A fines de quinto de media, un grupo de alumnos debimos dejar el colegio intempestivamente, y terminamos dispersos en instituciones algo relajadas en sus horarios y disciplina. Iván se hacía con el auto de su papá -un Ford de los setentas, colosal lancha de ocho cilindros- y recogía al resto de los expatriados para un vertiginoso paseo.

Se divertía cediendo el pase a ingenuas chicas en las esquinas, para de repente, acelerar y volver a frenar; cosa que las hacia brincar felinamente con el espanto dibujado en sus rostros. La memorable: aquella ocasión en la que forzó al máximo los ocho cilindros del Ford en la Cesar Vallejo. ¡Pero en contra!

Esta sed de adrenalina, de ímpetu y velocidad, decantó de manera natural en su afición por las motos. En mi vida, creo que me he subido a una motocicleta en dos o tres ocasiones. No más. Iván siempre quiso darme un paseo en la suya. Yo siempre me negué. Kike Mendoza fue uno de los que sí se subió y recuerda que hizo el tramo de su casa a mi casa -unas 12 cuadras- en lo que le tomó dos veces pestañear.

Al día siguiente, sábado por la noche, fueron un grupo de amigos, casi toda la mancha, a buscarlo para salir a huevear como siempre. Tocaron el timbre y les atendió su padre. Les dijo decir que Iván ya estaba durmiendo. Se había acostado temprano el angelito. «Que raro» pensaron y al retirarse, vieron a un lado de su casa, en la quinta de Alex Horna, una moto. Era "LA sorpresa" de la cual Iván me habló la noche anterior en el chifa.

Ya era domingo, y tenía en casa trabajando conmigo –trabajando es un decir- a un amigo del instituto. Me habían contratado para desarrollar un sistema, y Osquítar me ayudaba con la programación. Al menos cuando no dormía mientras yo estaba fuera jugando fulbito con mis amigos. En algunas ocasiones incluso él también jugó esos memorables partidos en el Parque Castilla.

Era mediodía y estaba en la cocina, preparando un tacu-tacu para departir con Osquítar cuando el teléfono sonó. Subí a contestar. Era Oscar, el hermano mayor.

—Germán, hola. Soy Oscar.
—Hola Oscar, ¿qué tal? –pregunté. Me pareció raro que él me llamara.
—Iván ha tenido un accidente. Estamos en el Hospital del Empleado –me dijo con voz apagada, temblorosa— Avisa a todos y vengan para acá. Está muy grave.

Después, en el hospital, me comentó que había conseguido mi número telefónico por una tarjeta mía en la billetera de su hermano. En el instituto me había hecho unas tarjetas de presentación. Jamás imaginé el rol que jugaría una de ellas en esta historia.

Colgué y desperté a  Osquítar. Le conté lo sucedido y le dije que procediera con el tacu-tacu. Salí presuroso al Hospital del Empleado, a no más de un kilómetro de distancia. Tenía en la ruta –a la vuelta de mi casa en realidad- a Jota Ramírez. Toqué su timbre, le silbé varias veces. Aquel silbido distintivo con el que nos aunábamos para los partidos o las fiestas.
Salió por su balcón y le dije que bajara al toque, que Iván se había accidentado. Bajó y mientras caminábamos hacia el hospital, íbamos especulando sobre el tipo de accidente que habría sufrido Iván. Coincidíamos en que debía estar relacionado con la moto. Con LA sorpresa de la noche anterior.

De un teléfono público a medio camino, llamé a Eduardo Field, dentro del grupo de amigos, él era el más cercano a Iván. No estaba en casa, así que dejé el mensaje con su mamá, no doré la píldora: el asunto era muy grave.

Al llegar al hospital, Renzo, el hermano menor, nos dijo que Iván estaba muy grave. El pronóstico era desalentador: los doctores habían dicho que, si sobrevivía, quedaría con secuelas de por vida. El traumatismo había sido muy severo.

Ahí supimos cómo fueron los hechos:  alrededor de las diez de la mañana, Iván iba, llevando a un amigo suyo, a la iglesia de Canevaro a bendecir su nueva moto. En el cruce de Tello con Garcilazo –a una cuadra de mi casa–  un auto lo había impactado a poca velocidad en la rueda trasera de la moto. Al parecer, un microbús no le permitió ver que, en ese momento, un carro cruzaba. El acompañante salió ileso, con tan sólo unos rasguños mientras que Iván tuvo la mala fortuna de impactar de cabeza contra un árbol. No llevaba el casco puesto.

Empezaba a anochecer y hacía mucho frio. Cada vez llegaba más gente al hospital. Yo regresé a mi casa por abrigo y conté lo que había sucedido. Mi hermana me dijo que podía usar su auto. Fui a ver a mi china a la casa de una amiga suya en San Isidro, donde se encontraba haciendo un trabajo para la universidad. Le conté todo y le dije que la tendría informada. Yo regresé al hospital.

Iván resistió hasta bien entrada la noche. La sala de emergencia donde lo atendían, estaba cerca de nosotros. O eso pensábamos, no sé. No recuerdo exactamente a qué hora fue, pero ese típico sonido intermitente que se escucha en las películas, se convirtió en un pitido continuo.

Dos momentos llenaron de una infinita pena mi corazón, el primero: cuando fui al Estadio Nacional a comprar un arreglo florar para mi amigo. Apreciar todo el negocio que se mueve en torno a la mayor de las tragedias, y el segundo: cuando le di el pésame a la mamá de Iván. Me miró, me tomo de las manos y el rostro y me dijo despacito “tú estuviste el viernes con Ivancito en el chifita”. ¡Dios mío! No existe una palabra en el diccionario para quien pierde a un hijo. Es un dolor que nadie está preparado para padecerlo. Ahora que soy padre, ese momento me duele más.

No fui al entierro. Tenía que trabajar y hubiera sido muy complicado en tan poco tiempo conseguir un reemplazo. Y aunque lo hubiera conseguido, creo que ya no quería someterme más a todos esos momentos tan desgarradoramente intensos. Era la primera vez que enfrentaba a la muerte tan de cerca.

En la noche, después de dictar las clases, me encontré con todos los amigos que habían ido al entierro. Me contaron que después de salir del velatorio, llevaron el féretro a la calle de Iván, antes de partir al cementerio. Era su último adiós. Después comenzamos a bromear, quizás para distraernos un rato, para relajarnos, para alejarnos por un momento de la realidad tan triste que estábamos viviendo.

Este episodio nos unió aún mucho más a todos los que salíamos juntos con Iván a los quinceañeros (me acuerdo el terno y las zapatillas blancas que más de una vez se puso), a la casa de Braulito, a las pichangas de fulbito, al billar (ahí podían encontrarlo dando su siesta en las bancas al costado de las mesas de billar), a la playa, etc.

Iván fue un gran amigo para todos nosotros. No podías estar serio frente a él. Él nunca lo estaba. Hacia cualquier payasada para alegrarte y hacerte reír. Experto inventado letras de canciones: “A Huacho me fui” (I want to break free, de Queen) por ejemplo, y contando chistes de los que sólo él se reía. Siempre le voy a recordar con esa sonrisa tan suya y esas ganas de vivir a mil por hora.

jueves, 14 de noviembre de 2019

El curso de mecanografía


Una alumnita me dice que su hermano, ya en secundaria, le ha comentado que ya tipea más rápido que yo. Sinceramente, no creo que ese mozalbete sea mejor mecanógrafo que yo.

Esta falta de modestia, si cabe el término, es compartida por todos los que pasaron por mi colegio en la época en que se dictaba el curso de mecanografía. No somos buenos, somos los mejores. Y les diré por qué.

Durante los tres primeros años de la secundaria nos enseñaron mecanografía. Los dos siguientes, taquigrafía; y durante toda la secundaria, inglés (teníamos un excelente laboratorio de idiomas) y computación (acá sí éramos como seis alumnos por PC, pero eran mediados de los ochentas). Se puede decir que mi colegio formaba taquimecanógrafos bilingües computarizados, listos para salir a conquistar el mundo.

Volviendo al arte de escribir a máquina, recuerdo que las clases eran dos veces por semana, dos horas cada día. La sala de máquinas no era ni por asomo, tan avanzada como el laboratorio de idiomas. En su mayoría, eran unas Remington muy antiguas, de color verde olivo o negro como las que se ven en una película de la segunda guerra mundial. El resto, eran más actuales. Ya no tenían esa forma de bota de soldado de las primeras.

Sin embargo, no había suficientes equipos para todo el salón. Yo tenía que llevar el mío porque era uno de los últimos (alfabéticamente hablando) de la clase. Era una maquinita portátil con el estuche parchado, ¡y qué parche! una cicatriz tipo Frankenstein que recorría diagonalmente, casi en su totalidad, la tapa. Mis amigos decían que Dios escribió ahí los mandamientos que luego entregó a Moisés.

Cada máquina, sea del colegio o propia, debía usarse con una "falsa", que no era más que una cartulina tamaño A4 que iba debajo del papel en la cual íbamos a escribir. Para no marcar el rodillo me imagino, dándole más grosor a la hoja.

El teclado se cubría con otra hoja del mismo tamaño, atrapando uno de sus lados con la tapa que iba encima de la cinta en la máquina. La idea era impedirnos ver el teclado colocando nuestras manos por debajo de esta hoja. En las Remington antiguas no era necesario tapar el teclado. Eran de una edad tan incierta que ya los números, letras y símbolos se habían borrado.

El tener yo mi propia máquina de escribir no me dispensaba de usar la falsa ni de cubrir el teclado, pero ya que la conocía tan bien, desarrollé una destreza adicional a mis compañeros: usando mi pulgar izquierdo levantaba cuando era necesario la hoja que cubría el teclado, mientras que con el derecho presionaba la barra espaciadora. Ganaba valiosísimas milésimas de segundo.

Destreza que no dominó mi broder Jackson Vega: estaba en clase, mecanografiando, cuando no se le ocurrió mejor idea que levantar la hoja que cubría el teclado. No era una práctica calificada, así que pensó «¡bah! qué más da». Seguía orondo haciendo su plana, con el teclado totalmente visible antes sus ojos, cuando sintió de pronto en la cabeza, un golpe seco y amplio. Era un Baldor de tapa dura y medio millar de páginas -la biblia del postulante universitario- que la profesora le asestaba con precisión en la mollera. 

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Los días que teníamos práctica –o evaluación, no recuerdo bien como se llamaba– eran días únicos, singulares, donde cualquier cosa podría pasar. Nuestra profesora era bajita, de contextura mediana. Tenía unos ojos negros vivaces en un rostro ovalado, pícaro. Tenía calle y, además, un tremendo vozarrón, necesario para un aula donde más de cuarenta máquinas de escribir galopaban estruendosas a la vez. Por si las moscas, ella iba a la clase equipada con un micrófono y un parlante. Como lo leen: ¡un micrófono y un parlante! para no malograr su voz.

A excepción de mi gran amigo Guillermo Amésquita, diestro pianista a quien la mecanografía se le antojaba un pasatiempo -estando él ya curtido en el uso de sus dedos- la ansiedad se apoderaba de nosotros.

Había que preparar la máquina: alineando la falsa con el papel en blanco. Introduciéndolos y girando el rodillo hasta la posición adecuada. Soltando el seguro que los ajustaba. Asegurando la hoja que cubría el teclado.

Ahora, había que preparar el cuerpo: subiéndonos y ajustándonos bien las mangas de la chompa hasta los codos. Sería un infortunio que estas cayeran sobre las manos. Acomodándonos el cabello. Secándonos el sudor de las manos en el regazo. Sacándonos conejos de manos, codos y cuello. Y finalmente pasando saliva y esperando…Solo esperando.

No tengo recuerdo del típico pitido que emite un parlante cuando se prende y se acopla por un instante con el micrófono en un tono afilado e irritante. Sí recuerdo que, cuando menos lo esperábamos, un rotundo y resonante grito de "¡YAAAA!" nos marcaba el inicio de la práctica.
Comenzaba entonces el estruendo de más de cuarenta máquinas de escribir a todo trote. Los timbres que anunciaban el límite de una línea reventaban agudos como palomitas de maíz. Era señal de jalar de la palanca de retorno de carro y comenzar nuevamente.

Pasado este trance inicial, parecíamos estar sincronizados. Éramos como esos ejércitos orientales, rigurosamente entrenados, haciendo maniobras con asombrosa precisión. Algunos incluso miraban hacia los lados, seguros de sí mismos, galopando sobre sus bestias de metal, pero ahora con el ritmo de un caballo de paso peruano.

Ese común ejercicio de mecanografía en el que nos encontrábamos; ese momento casi etéreo, que en conjunto habíamos logrado, era desbaratado por un contundente y atronador ¡BAAAAASTA! que salía de lo más interno, de las entrañas mismas de la profesora, amplificado por un potente parlante que le llegaba casi hasta la cintura.

Todos nos deteníamos en el acto. Había pasado lo peor. Habíamos sobrevivido a otra evaluación de mecanografía con la miss Alicia. Se podía ver dibujada en nuestros rostros una leve sonrisa. Nuestros brazos colgaban inertes como ahorcados. Los músculos se relajaban y el ritmo de nuestros corazones disminuía.

La profesora no toleraba que una tecla más fuese presionada después de su aviso. El silencio debía ser absoluto, sepulcral. Me imagino que tomaba como una falta de respeto, como una actitud desafiante, el que algún alumno siguiera tecleando.

Una tecla sonó. ¿O fueron dos? La profesora ubicó el lugar de donde provino el sonido. “¡He dicho que basta!” gritó a la vez que le acarició la patilla izquierda. 

martes, 12 de noviembre de 2019

El Equipo Romantico


ROMÁNTICO: adjetivo. también sustantivo.

1.- Del romanticismo o relativo a este movimiento cultural: "en la obra de este escritor pueden observarse influencias románticas." 2.- [Persona] que defiende o sigue este movimiento cultural: "compositor romántico." 3.- Apropiado para el amor o que lo produce: "lugar romántico". 4.- Sentimental, generoso y soñador: "ese chico es un romántico".

Manuel Mendoza. Kike para su familia y amigos del colegio, Manuelito para sus amigos del trabajo. Mi compadre –es padrino de mi hijo mayor- es una de aquellas personas que siempre tienen la palabra precisa. A él se le atribuye el haber definido a nuestro viejo equipo de fulbito como "el Equipo Romántico", utilizando esta palabra en su cuarta acepción como vemos en el diccionario de la RAE.

Una tarde, allá por el año 86, estaba con mis papás en el viejo Toyota 73, cuando vi a un grupo de muchachos de mi cole en uno de los vértices del Parque Castilla. Kike, Lion, Micky, Toño y Rubén. Probablemente alguien más, pero yo a ellos los recuerdo.

—¡Para papá, acá me bajo! —le dije a mi viejo— son mis patas del cole.

Era invierno. Hacía mucho frío y la garua era intensa. No tenía la ropa adecuada, estaba en jeans y zapatillas, pero aun así la pasé de maravilla. Cambiamos de cancha a la quinta donde vivía; pero, ante enérgico pedido de mis vecinos, hartos de soportar pelotazos en las rejas de sus garajes, regresamos al parque, esta vez por el lado de la calle Sinchi Roca.

Así fue como comenzaron las pichangas de los viernes con mis amigos de toda la vida. Estábamos en sexto grado de primaria. Al principio éramos solo algunos del B los que nos juntábamos para pelotear. Todos vivíamos cerca. Luego, fueron apareciendo más y más jugadores, ya de ambas secciones y de otros distritos.

Los partidos se mantuvieron en actividad casi ininterrumpida por más de dos décadas, y fue así que en algo momento nació el Equipo Romántico: Kike, Lion, Micky, Toño y yo. Creo que si Rubens no lo conformó fue por que no era constante en las convocatorias. No siempre podíamos alinear todos juntos. Sea porque no estábamos completos, o porque los capitanes que armaban los equipos no nos hacían coincidir. Y fue entonces quedando en el olvido.

Hasta que hace unos diez años, ya en las postrimerías de las pichangas y estando todos en nuestros treintas, a Kike se le ocurrió alinear nuevamente a los cinco románticos, ya que después de muchísimo tiempo (debido a lo ajustada que comenzaba a estar la agenda de Micky), estábamos todos presentes.

Estábamos motivados para jugar. Teníamos hambre de gol y sed de victoria. Estábamos dispuestos a dejar todo en la cancha y sudar la camiseta. Jugamos con sentimiento, con pasión, recordando aquella tarde del año 86 donde, bajo la tupida garua de una tarde de invierno, jugamos por primera vez. Y obvio, perdimos. Nos llenaron la canasta.

Al año siguiente, volvimos a armar el Equipo Romántico. En esta ocasión no contábamos con la férrea defensa de Miguelito (ya su agenda se había apretado demasiado) así que convocamos a mi otro compadre: Alex "Greco" Horna, padrino de mi hija.

Ojo: Greco no era un romántico. Y que quede claro que nadie más lo era. Nunca habrá un romántico más. Hubo sí muchos invitados a completar a los románticos.

Teníamos esperanza en el refuerzo helénico, pero igual nos canastearon nuevamente. Uno de mis compadres –el de mi hijo- sobre mi otro compadre –el de mi hija- sentenció, siempre con la frase precisa: "Debut y despedida de Greco".

Luego de una corta deliberación entre los románticos presentes (Micky no estaba debido a lo apretado de su agenda) concluimos que "El Equipo Romántico ha muerto. ¡Viva el Equipo Romántico!".

Hoy por hoy, Micky (cuya agenda está ahora menos apretada) es el único de los Románticos que sigue jugando los martes regularmente en el Club Suizo con Alex y otros amigos de nuestra y otras promociones del colegio. No sé si se alinearon los astros, pero acordamos –hace unos meses- volver a alinear al equipo romántico, ya cuarentones. Costó poder convencer a Kike y a Lion de regresar a las canchas.

El martes acordado, Kike no llegó, pero sí el resto del equipo. La verdad es que ya no había hambre de gol ni sed de victoria, sino de chifa y gaseosa. Y a pesar de la previsible canasteada, esta vez el saldo fue aún más negativo: Lion cayó pesadamente sobre su mano y se fracturó la muñeca. 
Terminó enyesado desde el hombro hasta la mano del brazo izquierdo. Y lo peor: ¡es zurdo!

Aunque no estuvo presente mi compadre, le escuché decir nuevamente: “El Equipo Romántico ha muerto. ¡Viva el Equipo Romántico!”


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Intro 2019

Han pasado diez años desde que comencé a escribir este blog, y unos ocho desde que dejé de hacerlo. Cuando me preguntaban por qué no seguía escribiendo más anécdotas, yo en broma respondía "soy un artista, no me presionen. La inspiración llegará"

Casi terminando este 2019 y luego de un taller con un excelente escritor: Gustavo Rodríguez, he decidido revisar cada una de las entradas de este blog. Actualizarlas, condimentarlas y volverlas a sacar una a una. Hay también nuevos relatos que escribí durante el taller y que publicaré acá.


Entonces, a ver cómo va. 



lunes, 11 de noviembre de 2019

Almuerzo Familiar

—¡Me suenan las tripas! —exclama Luis.
—Está bien hijo. Espera un poquito más. —le pide María— La comida ya está lista, pero faltan llegar el resto de invitados.

La mesa está puesta: platos, cubiertos y vasos. Refrescos y gaseosas. Todo listo para el almuerzo familiar. María madruga cada vez que organiza una reunión.

Pero hemos quedado a la una de la tarde, Ma’. Y ya es la una y media. Tú sabes que yo soy puntual. ¡Bendita costumbre la mía!

Luis tiene la mirada fija en el parque frente a la casa de sus padres. Su respiración se acelera un poco y frunce el ceño. Mueve acompasadamente su pierna derecha, como si estuviera nervioso, pero no lo está. Esta fastidiado y se muere de hambre. Pero es algo más que eso.

Avisó con tiempo a su esposa e hijos del almuerzo de hoy. Como todos los fines de semana, despertó temprano. Se alistó en silencio para hacer su hora de caminata, y desayunó un café con leche y butifarra (con harta cebolla y mayonesa) en El Cajamarquino. «Total, con la caminata lo bajo» pensó.

Estuvo de vuelta en casa alrededor de las diez de la mañana y se dio un baño.

—Ya regreso familia, voy a lavar el carro —anunció Luis— Salimos para Lince a las doce y media en puntito.

Al regresar, se dio con la sorpresa -aunque en realidad no tanto- de que la familia aún no estaba lista. Esperó un momento y les aviso que no esperaría más, que él es puntual con todos.

—Vete entonces—dijo su esposa.
Y se fue. Simplemente se fue. «Para toda pelea, debe haber dos gallos» reflexionó.

—Ya regreso mami —anuncia Luis.
—¿A dónde vas Luchito?
—Ya vengo.
¡Tanto ya pues no puedes esperar un ratito más! –dice María, fastidiada— Por último, ni tu familia ha llegado. Mira tu aparato ese mientras tanto —sugiere.
—No Ma’, voy un ratito al grifo. Estoy sin gasolina.
—Ah bueno. No demores.

Luis sale de la casa de sus padres. Entra a su auto. Efectivamente, la aguja de gasolina en el tablero está por llegar a la E. Retrocede con cuidado y sale raudo. Hay un grifo cerca. Ocho cuadras más allá, estaciona y baja. Una persona delgada, con el mandil sucio y cigarrillo en mano, sale a su encuentro.

Pelo que gusto velte Luisito. Tiempo que no vienes pol acá.
—Así es chinito, hace tiempo.
—¿Lo mismo de siemple?
—Sí, por favor. Lo mismo de siempre.

domingo, 10 de noviembre de 2019

Akun In Memoriam

Anoche no dejé de pensar en ti durante horas querido amigo. Venían muchos recuerdos, muchas imágenes a mi mente. Pero siempre estabas con una sonrisa. O casi siempre. A veces con cara de poto también. Porque eras así: auténtico, transparente, sincero; sin una pizca de poses. Jamás pretendías ser alguien más. Tener más.  
Hacías lo que querías, cuando querías. Afeitabas esos cuatro pelos parados que tenías por bigote sólo en ocasiones especiales. Un bautizo o un matrimonio. Y tu tenida era la mía: correa, zapatos y corbata que te heredaba. A veces, hasta los pantalones. Pintabas una pared en todos los sentidos: horizontal, vertical, diagonal. Instalabas conexiones que no sé cómo funcionaban. Levantabas paredes tú solito, trepado cual hombre araña oriental y usando lo que hubiere a mano. Podrías cocinar piedras con cartones, y eran una delicia.
Un escritor, Balo, dijo de ti en El Comercio: “Unos viven para trabajar, el chino Felipe trabajaba para vivir”. Logré contactarlo; quería que te saludara. Que recordara contigo todas esas anécdotas que de él y sus amigos de San Isidro me contabas. Pero no se pudo.
Siempre alegre y ocurrente. Recuerdo cuando te pregunté sobre la revelación de Ricky Martin, y me soltaste una de antología: “Se volteó el Titanic, ¡y no se va a voltear un hombre!” O cuando tu cardióloga te dijo que sólo podías tomar una copa de vino al día, y te apareciste en su consultorio con una inmensa copa de campeonato de fulbito. Y la mejor fue cuando encontraste mi billetera y me dijiste, ni bien bajaba de mi auto, que tenías una buena y mala noticia: - ¿Cuál es la buena, Akún?  -Que encontré tu billetera. -Lo máximo Akun, ¿Y la mala? -Que me prestes doscientos soles. 
¡Qué tal pendejo!
Recuerdo cuando te vi por última vez: dormías ya para la eternidad. No tenías pulso, pero te sentí vivo. No corría ya la sangre por tus venas, pero te sentí tibiecito. Tomé tu mano, abracé a tu hija y rezamos. Sentí mucha paz, y la siento cada vez que te recuerdo. 
Porque tú vives aún Akún: vives en tu devota esposa; en tus amados hijos y nietos. Vives en el limonero que sembraste y que cada año se carga de frutos. Vives en cada cachivache que nunca quisiste botar. En cada pared mal levantada que, curiosamente, sigue en pie. En cada repostero recuperado. En cada mueble reparado. En el cemento donde pusiste tu firma junto a la mía.  
Vives en mí, amigo. En mi recuerdo, en mi corazón. Y ahí estarás siempre. Porque fuiste quien me hizo el mejor cumplido que he recibido. Dándome unas palmaditas en el hombro, me dijiste: “La felicidad para un padre es tener a su hija bien casada, junto a un hombre bueno. Y yo soy inmensamente feliz”.  Cada que recuerdo esas palabras siento escalofríos y me palpita el corazón. Literalmente, lo siento latir más rápido y fuerte, como si le faltara espacio. Me querías bien Akun, me quieres bien. Y yo a ti. 

jueves, 7 de noviembre de 2019

Un Lucero. Parte 1


Antonio y María salen del consultorio. Se ve en el rostro de María la preocupación. Tiene el ceño fruncido como cuando duerme, y ya comenzó a sentir retortijones en el estómago. Pero ella se sabe así, siempre ha sido así y logra controlarlo. Antonio está al volante y aparenta estar tranquilo. No hay nada en su rostro que denote inquietud, aunque es difícil saber qué pasa por su mente.

Y es que se supone que no hay nada de qué preocuparse. A sus cincuenta años, Antonio hace media hora diaria de bicicleta, tiene buen apetito y no se siente cansado ni deprimido. Luego de una serie de exámenes, el doctor le ha dicho que no encuentra nada malo en su organismo. Le ha recetado unas pastillas para dormir, pero su sueño es óptimo. Cuando hacía los viajes semanales a Trujillo en bus (la familia completa aún no se había mudado a Lima), no llegaba ni a la avenida Alfonso Ugarte, y ya estaba profundamente dormido.

—Toño, yo creo que ya es hora de ir a ver a la Sra. Carmen.
—Uhmm, no sé… ¿Por qué no esperamos un tiempito más? —Está tenso y ambas manos sujetan fuertemente el volante.
—¡Esperar más! —le dice ella, visiblemente afectada, los ojos vidriosos, a punto de llorar— No sabemos qué es lo que tienes. No lo saben los doctores. Y ya has bajado casi diez kilos en cuatro meses.
—No tan rápido vieja, serán seis— contesta él tratando de lucir sereno.
—Bueno Antonio, tú me dijiste que primero confiarías en los doctores, en la ciencia, y luego consultaríamos. Pero estamos igual que cuando comenzamos con todas estas pruebas. —dice María, esta vez más enérgica, mirándolo fijamente— No igual, estamos peor, tú sigues bajado de peso.
—Bueno vieja, ¡qué quieres que hagamos! ¿Quieres que vayamos donde la bruja?

Antonio, casi nunca levanta la voz, pero esta vez lo hace. Trata de permanecer atento al volante, pero ha volteado para mirar a su esposa a los ojos.

—¡No es bruja! Es parapsicóloga. Con estudios en España. Ahí está su cartón en la pared de su consultorio— responde exaltada María.
—Bueno, bruja con título entonces— interrumpe él y sonríe. Ambos ahora sonríen. Antonio hace una vuelta en U en la siguiente intersección y enrumba a Chorrillos.

El consultorio de la Sra. Carmen es una habitación pequeña y bien iluminada, contrario a lo que podría esperarse de una “bruja”. Ella está sentada detrás de un escritorio viejo y delante de su título académico en el que se lee en letras góticas “Carmen de los Ángeles Fiestas Alzamora”. Al frente está el matrimonio Olortegui Córdova. María le detalla la situación a Carmen entre sollozos, pasando de la calma al llanto, y viceversa, con facilidad.

 —A ver María, veamos qué dicen las cartas —dice Carmen con un ligero acento español, como para certificar que sí es graduada en España, y lanza un puñado de estas sobre su escritorio– Lo veo a usted arriba, acompañado de estrellas. Usted tiene un alto cargo, es un personaje importante. Lo veo entre plantas, entre maizales, altos. Muy altos.

Las pupilas de Antonio se dilatan, abre los ojos, pasa saliva. Trata de pasar desapercibido, pero no lo logra. María lo toma suavemente de la mano. Ella sabe el porqué de esa reacción. Y es que él es abogado, trabaja en el Tribunal Agrario. Él impartía justicia en el campo desde tiempos de la Reforma Agraria y ahora lo hace desde el cargo más alto. Es además uno de los pocos vocales honestos del país.

—Veo que es una persona recta. Es honesto y la gente lo quiere por eso— continúa Carmen. 

Lanza ahora un nuevo juego de cartas y su expresión cambia: frunce el ceño, asiente levemente y se nota desdén en su actitud. Se endereza sobre su sillón, toma aire y exclama:

  —¡Joder!, acá veo un desgraciado. Un colega suyo— Lanza una última carta y sentencia sin ninguna duda, con el índice derecho en alto: —¡Brujería! —

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Un Lucero. Parte 2

A María esta revelación no la tomó por sorpresa. Tenía un presentimiento y además está el caso de su cuñado Adolfo, el hermano mayor de Antonio, quien pasó por lo mismo tres décadas atrás. En esa ocasión no solo hubo una notoria pérdida de peso en él, sino también un cambio en su carácter: de ser un padre amoroso y paciente, se había vuelto malgeniado e indiferente, llegando incluso a castigar a su hija pequeña por tonterías. María ya le había comentado esto a Charo, su cuñada, unos días atrás y esperaban que el caso de Antonio no llegara a esos extremos, o peor aún, que perdiera la vida.

—A usted ya le han visto varios doctores Sr. Olórtegui y no han podido curarlo. Este no es mal de Dios, este mal que usted tiene es dado.

Se refiere al hecho de que no es una enfermedad natural, sino dada por algún tipo de poder sobrenatural.

—Lo han velado. Y ha sido un colega. No tan cercano, pero de la misma carrera, de su misma rama. Alguien que va a su trabajo regularmente— confirma con autoridad Carmen.
—¿Puede curarme doctora? — Pregunta Antonio, sin una pizca de sarcasmo en el grado académico que le acaba de otorgar.  Lo hace porque está nervioso, como cuando le decimos oficial al vigilante del banco para que nos deje entrar.
—Ahora no. Estoy débil —contesta Carmen con una expresión de fastidio, pero que no denota inquietud— Hay un brujo malero que me está cruzando y voy a ir al norte a recargarme de energía.

Entonces Antonio recuerda que, a su hermano muchos años atrás, también le hicieron daño, lo “embrujaron”. Le cuenta ese episodio a Carmen y ella lanza otra vez unas cartas y las hojas de coca, y ella aprueba.

—Vaya, él es un hombre bueno, trabaja con Dios.

En el camino de regreso, los papeles se han invertido: María está tranquila, el estómago ha dejado de hablarle y tiene la mirada serena. Antonio maneja despacio, con excesiva –aunque nunca está de más- precaución, como si quisiera que el tiempo pasase más lento. La incertidumbre de lo que está por venir lo tiene tenso, y además se ha quedado atónito frente a las palabras de la señora Carmen. Acertó en todo. ¿Será que su mujer le adelantó alguna información? Se pregunta y le pregunta. Ella le dice que no.

Al día siguiente, muy temprano, lo primero que hace Antonio al llegar a su oficina es pedirle a su secretaria que le reserve un pasaje en avión a Chachapoyas lo más pronto posible. Se tomará una semana de licencia le comenta. No revela el verdadero motivo de su viaje: va al encuentro de Lucero, el curandero, el hombre bueno que trabaja con Dios. 

Andrea, su secretaria consigue un pasaje para vuelo de las dos de la tarde. Así que va a casa, alista su maleta con ropa para un par de días y se despide de María. Sus cuatro hijos están estudiando.
Antes de ir al aeropuerto, pasa por la casa de su hermano Adolfo para pedirle que le redacte una pequeña carta de presentación dirigida a Emilio Lucero. Antonio se siente ahora más respaldado, como si fuera a hacer algún trámite y va con una tarjeta de recomendación.

Don Emilio Lucero vive en Luya, a noventa kilómetros al sur de Chachapoyas. Es un típico pueblo de selva alta, con casitas de adobe y techo a doble agua. El clima es agradable todo el año. Es la primera vez que Antonio está en Amazonas, pero le es familiar. Él es de Moyobamba, capital del departamento de San Martín.

Sin siquiera averiguar dónde pasará la noche, va directo a la casa de Lucero. Lo encuentra cuando está a punto de salir a su chacra y le entrega la carta. Lucero la lee detenidamente, se toma su tiempo, como si hubiera algún mensaje entre líneas.

—Claro que me lo recuerdo a su hermano. Le habían hecho harto daño. Pero se le pudo curar, ¿Cómo queda él?
—Bien Don Emilio. Gracias a usted.
—¿Usted también eres abogado?
—Sí, también. Mi hermano fue mi inspiración para seguir abogacía.
—Ah ya doctorcito. Estás con suerte. Hoy es martes. Hoy trabajo aquisito mismo, a las diez de la noche.

Antonio agradece y piensa «realmente estoy con suerte. Conseguí el pasaje en el primer vuelo, el colectivo llegó más rápido de lo esperado y hoy mismo me atenderá Lucero. Buen comienzo.»

martes, 5 de noviembre de 2019

Un Lucero. Parte 3

Antonio llega un poco antes de las diez a la casa del curandero. En su interior se encuentran, apoyados en las paredes de la sala rectangular, otras personas; en su mayoría campesinos de la zona. Una luz muy tenue ilumina el ambiente. En uno de los lados cortos de la sala, en un sillón viejo, está sentado Lucero. No hay artilugios que le den al ambiente un aire tenebroso.

Lucero le dice al campesino que está a su diestra: —ve, tú vienes porque tu siembra, toditita, se está malogrando. Acá lo veo: uno tu vecino de tu chacra te ha puesto el daño. Busca en el árbol a la entrada de tu terreno. Cava ahí, y vas a encontrar el daño. Quémalo con cal— Continúa después con una mujer de edad incierta, de larga cabellera, que está llorando— Tranquila señora, usted sufres por tu hija, la pishpirita, pero ahora está con varios hombres. El daño está bajo su colchón. Le han puesto sangre, toalla con sangre para que se hague puta. Quema eso con cal también.

Y así sigue, de uno en uno, identificando el daño y dando una solución, hasta que llega a Antonio, y hace una pausa. A pesar de la tenue luz que casi no ilumina ningún rostro, se aprecia en el suyo un gesto de sorpresa. Asiente levemente, levantando las cejas, y dice: —Mire ve, llegamos al doctorcito. ¡Uy, le veo alto, alto… en las estrellas! El doctor tiene cargo alto en la capital. Lo veo en campos, entre sembríos. Y por honrado, todos me lo quieren mucho.

—Pero mira ve, uno su colega le ha hecho daño por unos papeles. Le han velado su foto para que comience a enflaquecer —Lucero ya no tiene el gesto de admiración de antes, pero, aun así, se sabe confiado—pero le vamos a vencer al mal, doctorcito. Le vamos a vencer. No se me preocupe. Denle su traguito al doctor.

Una joven mujer, de menos de veinte años, probablemente hija o sobrina de Lucero, es la encargada de hacer tomar a todos unos brebajes. Una mezcla de hiervas que inducen en la mayoría de los casos al vómito. Antonio le encuentra sentido ahora a la batea grande de plástico colocada en el medio de la sala.

—Lucero, ¿y puedo saber quién es esa persona que está viendo? -pregunta Antonio.
—Eso no le puedo decir doctorcito, pero sí que es alguien que va siempre a su trabajo. Le veo que entra y sale.

La gente empieza a sentir las náuseas, y algunos usan ya la batea de plástico para liberar sus estómagos. Antonio, aunque con una ligera molestia estomacal, aún no tiene necesidad de vomitar.

—A ver, veo aquí algo oscuro en su estómago del doctorcito, denle un traguito más—pide Lucero.
La asistenta se acerca y le sirve un pocillo casi lleno de la mezcla de hierbas. Antes de terminar el brebaje, Antonio siente arcadas y sabe que es inminente el vómito. Consulta con Lucero si puede hacer uso del modesto baño de la casa y él acepta. Está a solo unos metros, y avanza a paso ligero. 

No hay iluminación ahí. La luz mortecina de la sala no alcanza a iluminar el excusado, pero Antonio ha llevado consigo una pequeña linterna. Siente ahora el huaico proveniente de su estómago y se libera por completo de aquello oscuro que Lucero vio en su estómago. Han sido tres potentes arcadas que lo han dejado liberado. Pero más que eso, intrigado.

Dirige el haz de luz de la linterna hacia el viejo sanitario, y nota una masa parecida a una malagua. Una materia gelatinosa, hedionda y de color naranja oscuro al marrón. No es lo que él esperaba. Pocas veces ha arrojado, pero definitivamente no le parece un vómito normal. Más aún, cuando prácticamente no ha comido nada más que un pan con jamón y gaseosa en el avión y otro tanto en el hostal.

Regresa sintiéndose mucho mejor, y la sanación continúa. Al terminar, Lucero se acerca a Antonio, le hace entrega de un pomito pequeño con hierbas y un líquido dentro.

—Este es tu seguro doctorcito. Cuando se acabe su liquidito, llénalo con agua bendita —le dice el curandero, mientras cierra su mano apretando la de Antonio y continúa— Toditas las noches échatelo haciendo la señal de la cruz.

Don Emilito, confío en su trabajo y sé que me voy a curar —Antonio abraza fuertemente al curandero— Ya vi cómo trabaja un ser de Dios, pero ¿qué pasa con los otros, los que hacen el daño?

Tarde o temprano el daño regresa doctorcito —contesta Lucero, siempre confiado— Hoy se toparon conmigo, que jamás devolvería el daño doctorcito. Ni por todo el oro del mundo. Pero en algún momento se toparán con un malero. Y ahí el daño les rebotará el doble.

—¿Cuánto le debo Don Emilio? —pregunta Antonio, tomándolo del hombro.
—Yo trabajo por Dios y para Dios. —contesta Lucero— Su voluntad que sea, doctorcito.

lunes, 4 de noviembre de 2019

Un Lucero. Parte 4

Han pasado casi dos meses del regreso de Antonio a Lima. Ha recuperado la mitad del peso perdido, y su rostro se muestra otra vez calmo y sano. Ha vuelto a ser el mismo. Si antes le decían “Toñito ¿estás haciendo dieta? ¡pero no exageres eh!”. Ahora le dicen, “Tonito ¡Que bien te veo Estas chaposito!”.

Las cosas han vuelto a su normalidad en casa. A decir verdad, solo fueron ellos dos, Antonio y María, quienes manejaron este tema con discreción en el entorno familiar. Sus hijos sabían que algo pasaba, pero no fue motivo de alarma en ellos. Fue la tenacidad de María la que hizo que esto no pasara de un susto. Un gran susto. Ella siempre ha sido la encargada de hacer posible lo imposible. Si se lo propusiera, podría traer al Papa de Roma para un bautizo.

Como siempre Antonio está muy temprano en su oficina para resolver los cientos, sino miles, de juicios que llegan de todo el Perú mensualmente. El Tribunal Agrario es la última instancia en materia agraria, y él es el vocal más respetado por su imparcialidad y honestidad. Es uno de “los verdes” por su incorruptibilidad.

Andrea llega media hora después y entra a su oficina.

-Doctor Olortegui, buenos días.
—Buenos días, Andrea. ¿Cómo estás?
—No tan bien como usted Doctor, le veo mucho mejor. Para serle sincera, hace unos meses estaba demacrado.
—Si pues, pero ahora ya casi he recuperado mi peso de siempre.
—Hablando de su peso, doctor. Lo había olvidado, pero a los días que usted regresó de su licencia vino la Sra. Natividad. Ella es la que nos trae el menú.
—Ah sí, ¿y qué te dijo?
—Me preguntó si usted había sido flaco o gordo, y yo le dije que de contextura normal para llenito. Porque así pues es usted, ¿cierto?
—Así es. Pero… ¿y por qué esa pregunta?
—Me dice que meses atrás, mientras dejaba el menú para los vigilantes, le escuchó a uno de esos abogados que vienen por los casos, decir “A este cojudo lo voy a secar hasta que se muera” justo cuando usted entraba.

Antonio siente una corriente que le sube por toda la columna. Su corazón se acelera y sus músculos se tensan. Se acomoda el nudo de la garganta que lo siente ahora como una soga de condenado.

—¿Pero era un abogado, o un vocal?  —pregunta.
No, un abogado. Un bigotón que yo también he visto varias veces. ¿Desea que le averigüe el nombre?
—No Andreita. No es necesario. No creo que sea algo importante. Gracias. —finalizó Antonio— cierra bien la puerta al salir por favor.

Respira a fondo. Lentamente. No quiere caer preso del pánico. Desata el nudo de la corbata. Tiene los ojos cerrados, el ceño fruncido. Saca de su bolsillo su seguro, aquel que le dio Lucero y se santigua con él. Se siente ahora mejor, se siente protegido.

Ahora está seguro de quién le hizo el daño. Un tal doctor Olivos. Abogado sí, pero vocal de la Corte Superior, una instancia inferior al Tribunal Agrario y que había contactado con Antonio por un caso un año atrás.

—Toñito Olortegui ¿cierto? —saluda Olivos, extendiéndole la mano desde muy atrás.
—Doctor Antonio Olortegui —contesta Antonio y extiende la suya.
—Hola hermano, soy Román Olivos de la Superior de Lima —saluda, apretando más de la cuenta la mano de Antonio, dándole dos palmadas en el hombro derecho.
—Ah, buenas tardes Dr. Olivos. ¿Cómo le puedo ayudar?
—Mira ve hermanito, te va a llegar un caso que estuvo conmigo en la corte, y que ha pasado en instancia final al tribunal. Unos serranos de mierda no quieren ceder su terreno a una urbanizadora. —continúa Olivos— Les ofrecen buen billete, pero estos indios se han cerrado. Me dicen mis contactos en tu fuero, que el caso te ha sido asignado.

Los ojos le brillan a Román, su bigote tupido parece tener vida propia. Su mostacho se mueve a destiempo de sus labios gruesos. Todo su rostro es exagerado, grotesco, como lo son sus modales. Podría actuar en una película de vaqueros mejicanos, pero en el papel del lameculos del villano.

—Conozco bien a la dueña de la urbanizadora. Gente de hartísimo billete, tú me entiendes —dice cómplice Olivos guiñando un ojo. Sus formas se han vuelto aún más vulgares. «Es un coimerazo» piensa Antonio.
—No, no le entiendo Dr. Olivos —contesta enérgico Antonio— Le ofrezco que cuando llegue el caso del que usted me habla, lo revisaré con detenimiento e imparcialidad. Como ha sido y es mi proceder hace más de veinte años en el fuero agrario.
—Ah claro, claro Dr. Olortegui —dice Román— no esperaba menos. Vuelve a estrechar su mano con la de Antonio, pero esta vez sin la efusividad ni confianza del saludo inicial.
—Hasta luego Dr. Olivos— se despide Antonio. Román solo asiente con la cabeza. «verde de mierda, me va a cagar el plan este cojudo» piensa.



Es la fiesta anual de los magistrados del Poder Judicial. Ha pasado casi un año de la sanación de Antonio. Ha recuperado por completo su peso y ha retomado además el ejercicio diario que había dejado de lado buen tiempo.

Están todos los magistrados y el personal administrativo de las cortes de Lima y de muchas provincias. Los mozos están pasando los bocaditos y los cócteles para beneplácito de los concurrentes. Antonio no es de tomar licor, le sabe mucho mejor una Coca Cola heladita, pero en esta ocasión sí quiere saborear un pisco sour.

Conoce a muchos colegas y a buena parte del personal administrativo, pero hay alguien que le parece conocido, el rostro le es familiar, pero no logra dar con su identidad. Lo vio al entrar, apoyado en una de las columnas del antiguo salón, sosteniéndose a las justas en pie. Es de estatura mediana, muy delgado, ojeroso y de barba tupida y mal recortada, si acaso ha visto las tijeras en los últimos meses.

—Doctor Olortegui, ¡qué bien le veo!.
Antonio voltea, y es Andrea. Su secretaria. La ve atractiva. Está más arreglada que para un típico día de trabajo.
—Hola Andreita, ¿cómo estás? No te había visto. —la saluda con un beso y una suave palmada en la espalda.
—Muy bien doctor. El pisco sour está buenazo —comenta, levantando la copa en señal de brindis— ¡Salud! —propone Andrea y Antonio corresponde.
—Oye Andreita, sácame de una duda —dice Antonio, acercando su rostro al oído de Andrea y bajando la voz —¿Quién es ese flaco, barbón que está a la entrada, apoyado en la columna?
—¿Quién doctor? Señálemelo.
Discretamente Antonio apunta en dirección a la entrada del salón.
— ¡Ah ese! Yo tampoco saqué al principio quién era. Pero ya me confirmaron: ese es el doctor Román Olivos. De la Corte Superior. —Andrea se queda en blanco por un momento. De pronto su rostro cambia, tiene una expresión pasmada, la boca completamente abierta, los ojos muy abiertos— Ese no es el que…
— Así es Andrea. Él es.

«Pero en algún momento se toparán con un malero. Y ahí el daño les rebotará el doble.» Recuerda Antonio las palabras de Lucero.