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jueves, 2 de enero de 2020

Los Infopuc

En palabra de un gran amigo: hay grupos y grupos. Y es menester de persona prudente, no juntarlos.

Después de dos años estériles en la universidad —¿estudiando? — ingeniería electrónica, y cuando mi papá, con premonitoria intuición, solicitó y descubrió que mis calificaciones no eran nada buenas, me fue dado un ultimátum: escoge otra carrera, pero esta es tu última oportunidad.

Por Fernando, un fornido amigo de colegio de los pocos que en aquellas épocas cultivaba su cuerpo, me enteré del Instituto de Computación de la Universidad Católica en Magdalena, en donde sí destaqué y, sobretodo, conocí a casi todos los que hoy son mi grupo Infopuc:

Cristina es una chica alta y curvilínea. Imponente diría yo. No sólo yo. Tiene un cabello negro azabache precioso que le llega casi a la cintura; y de ahí, para abajo, sólidas columnas romanas la dan esa prestancia altiva, ese porte de femme fatal. Dos poderosos motivos más, avante, hacen de ella una verdadera amazona, una guerrera de puro e infatigable corazón. Y es que Cris jamás esta de mal humor o lamentándose de la vida. Ella es la organizadora de cuanta ceremonia hay en su trabajo, en su familia, en sus grupos y grupos de amigos. Basta con señalar que ella, a pesar de no haber estudiado en el instituto, es la más activa del grupo: su afición por las reuniones es solo comparable a su afición por los selfis.

Respirar es algo que los seres humanos hacemos de manera natural, y que no podemos dejar de hacerlo jamás mientras estemos en este mundo. Del mismo modo, Sonia mira y parpadea; camina y se detiene; habla y escucha con legítima, espontánea e inevitable sensualidad. Es algo intrínseco en ella. Ondulado y suelto, su cabello enmarca un rostro armonioso de mirada suave y magnética a la vez, que ni sus actuales anteojos de caricatura —“no hiciste tu papeleo anoche Wasowski”— logran atenuar.  

Su corazón es tan grande como estruendosa es su risa. Su alegría es desbordante, y lo es también su pesar, cuando lo tiene. Ella es Susana. Una mujer hermosa, sincera y apasionada. El baile —el flamenco en especial— lo tiene en su sangre española, que corre por sus venas inoculado por su maja madre desde antes de nacer. Su cabello es castaño y sus ojos marrones, a veces melancólicos, brillan cuando se le ocurre algo. ¿Cómo es esa de tu pata de la chamba? me pregunta cuando quiere estallar en una risotada franca y explosiva. Poseedora de un sentido del humor excepcional, puede encontrar la ocurrente humorada en situaciones cotidianas y alegrarnos el día.

Angello es Energía pura. Arranca a las cinco de la mañana en el terminal pesquero y termina pasada la medianoche bailando salsa, de la buena, con sus amiguitas, generalmente de otro de sus tantos grupos, porque él es también puro Amistad. Durante años, nunca dejó de participarme acerca de las reuniones que el grupo, al cual ahora pertenezco, convocaba. Angie, como me gusta llamarlo, se me revela como un personaje de época, de sombrero alto; antiguo y de edad incierta. En su frente surcada, un par de cejas pobladas y altivas marcan el inicio de una prominente nariz como lo es su amabilidad.  Angello es empuje, es camaradería, es gentileza en su máxima expresión.


Y, last but not least, Koki. Poseedor de un agudo sentido del humor y de la oportunidad, limitando peligrosamente en ocasiones con la ironía (¡y por qué no!). Tiene siempre el término preciso para la persona o el momento indicado: lesbiano, por ejemplo, es de su autoría. Siempre bien puesto, es el epítome del cuarentón que mantiene la estampa de los veinte intacta.  Nuestro barman oficial, maneja las proporciones de los licores, como lo hace con sus opiniones de toda índole. Ojos verdes y sonrisa de medio lado, es —era, me corrijo— un galán indómito.




viernes, 29 de noviembre de 2019

Una vuelta

Un viernes, cuando el ocaso iba cediendo a la noche, decidí dar unas vueltas por ahí con Nair, y tomé prestado —sin autorización— el auto de mi papá. Puse un casete de Depeche Mode a todo volumen y avancé los pocos metros que separaban mi casa de la suya.

Como todos los días, ella me esperaba en la puerta de su casa para comentar los sucesos del día en el colegio o para contar las hormigas que desfilaban, diligentes y metódicas, en su jardín. Y si algunas veces no había de qué hablar, el silencio no nos era incómodo. Era la amalgama de nuestra amistad.

—Sube Naysha —le dije emocionado— Vamos a dar una vuelta.

Ella estaba tan entusiasmada como yo, y subió sin remilgos. Pude ver la emoción en sus ojos y sentí la propia en todo mi cuerpo. Se acomodó de copiloto y cerró la puerta.

—¡Ya vamos Geremy, antes que nos vean desde tu casa!

Las manos me sudaban y sentí mi corazón a todo galope. Enganché primera y transmití todo ese vértigo a la máquina, hundiendo mi pie derecho en el acelerador. Mantuve el otro a medio camino en el pedal del embrague y logré que las llantas rechinaran por un momento, dejando una estela de humo antes de partir raudos.

Nair me miró deslumbrada. Ella sabía de mi pasión por los automóviles, pero ahora me veía en acción. Mi mano izquierda atenazaba el volante mientras que la derecha empuñaba, férrea, el pomo de la palanca de cambios. 

Aceleraba a full en las rectas haciendo los cambios sin soltar la palanca. Luego, a unos diez metros del cruce, enganchaba la segunda. Mantenía el embrague a fondo, daba la curva, y soltaba rápidamente el pedal. Las revoluciones del motor subían y éste rugía como un león. La tracción trasera del viejo Toyota hacia que el auto patinara. Yo corregía ese sesgo en la parte posterior girando el volante hacia el lado contrario.

Naysha estaba fascinada con mi conducción. Le encantaba –me confesó después- mi forma de hacer los cambios, sin retirar la mano del pomo. Teníamos quince años, y esta era, como el tema que sonaba fragoroso en ese momento —Personal Jesus— nuestra aventura personal. La intersección de Jesús vendría después.

Ya era completamente de noche. Aceleré en una recta larga, al costado de un parque, esperando la intersección propicia para una buena curva —tipo Los Magníficos, la denominaba— cuando, de repente…

— ¡Germán! ¡Cuidado! —gritó Nair con todas sus fuerzas, mientras se aferraba con las dos manos al tablero del Toyota. Fue un grito angustioso. Debe haber visto toda su vida pasar en ese instante.

— ¡Mierda! —exclamé y presioné el pedal del freno hasta casi atravesar el piso del auto. Giré el timón hacia la izquierda y levanté el freno de mano para ayudarle al carro a frenar. Las llantas rechinaron en un gemido casi animal hasta que el auto se detuvo.

En la zona donde vivíamos, el alumbrado público era escaso; y los pocos postes de luz que habían estaban casi siempre apagados debido a los apagones, cortesía del terrorismo de la época.

Bajamos del Toyota, y nos dimos cuenta de que —a menos de un metro de donde el auto se detuvo— había una zanja de talvez un metro de profundidad. Mis piernas me temblaban y mis rodillas casi podían chocarse la una con la otra. Nair estaba pálida y se llevó ambas manos al rostro.

—¡Geremy, acá nos matábamos! —me dijo nerviosa.
—Nada que ver Naysha —le dije tratando de disimular mi desazón— Acá estas con Meteoro.
—Pero si no habías visto este tremendo huecazo.
—Bueno, pa’ que veas que bueno es este carro.
—Pucha, de la que nos salvamos —suspiró Nair aliviada.

Subimos al auto. Bajé el volumen de la casetera hasta el susurro, y regresamos a casa en silencio. Un silencio cómplice y cómodo, como el de dos verdaderos amigos.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

Nuevo look

Tercero de media está a medio tramo en el larguísimo camino de la secundaria. Es un período crítico en nuestro desarrollo, tanto personal como social. Es la época de las hormonas en ebullición. Ocurren cambios en nuestra personalidad y apariencia, sean estos naturales como las desagradables erupciones o producidos, como un cambio de lookAl menos lo era hace treinta años. Hoy, la adolescencia se ha adelantado, y lo que sentíamos y hacíamos a los catorce ahora sucede a los once, o menos.

Michael apareció ese lejano 1988 con una apariencia distinta. Algo había cambiado en él. Estaba más alto y delgado como casi todos en el salón –yo no– pero eso no era todo. Era su cabello: había cambiado. Yo lo recordaba ondulado. Meses de aplicarse con regularidad Suave Gel de Helen Curtis, habían convertido su antes sinuosa caballera en una pelambre crespa, tupida e impermeable.

Humberto, que aún no era ni Pez ni Chito, llegó también con el cabello engominando con no sé si Helen Curtis o Glostora, pero el brillo en su cabellera era intenso, acentuado por el sol de verano. Él, como muchos, se encontraba en una tenaz lucha contra el despreciable, pero ineludible, acné.

Está claro que la moda era el peinado hacia atrás, con kilos de gel. Sin embargo, Rodrigo estaba ahí para alejarse de la norma; para ser la excepción a la regla. Para ser único. Él llegó con un peinado wave: el cabello rapado atrás y a los lados, pero crecido en la parte superior. Era una versión primigenia del famoso ‘hongo’ de los noventas.

Yo también llegaba con nuevo look. Llevaba ya tres meses usando un corsé de Milwaukee durante veintitrés horas al día. Esta era una armazón, un andamiaje de barras de aluminio -una adelante y dos atrás- que iba desde la cintura hasta el cuello, comenzando en una base de cuero y terminando en un collarín. Tenía la columna desviada de nacimiento, y luego de años de inútiles terapias –más por mi desidia que por la terapia en si- el doctor aseguró que era la única opción que me quedaba para enderezarla. Mis huesos estaban ya solidificándose. Caballero, no me quedó otra.

Sabía que iba a ser difícil acostumbrarme a estar rígido desde la cintura para arriba, día y noche, durante dos largos años. Sin embargo, durante ese verano logré dominarlo por completo: caminaba, corría, montaba bicicleta y hasta el carro de mi viejo podía manejar. Había días en los  que me lo quitaba sólo para bañarme y de inmediato me lo volvía a poner. Durante el verano, visité a mis amigos con mi cuerpo –como bautizaron al corsé- así que, para abril, cuando comenzaron las clases, estaban acostumbrados a verme usándolo y yo a usarlo.

En realidad, para mí, usar ese exoesqueleto me trajo ventajas como no hacer las tareas: “miss, tuve que ir a mi consulta a la clínica San Juan”, evitar la formación escolar de los lunes: “miss, el doctor me ha dicho que no esté tanto rato parado” o sortear las infames clases de educación física: “profe, el doctor me ha dicho que no haga el más mínimo esfuerzo físico”. Y la principal: me enderecé y crecí.

Hasta en situaciones extremas, mi supuesta condición de discapacitado, generaba conmiseración. Recuerdo una en particular con la miss Inés.

La profesora dejó el aula, y encargó la disciplina a los policías escolares: “school policemen, take care of the class” decía. El salón quedó acéfalo, sin dirección, y la anarquía y descontrol se instalaron. Poco era lo que la autoridad a cargo –school policemen— podía hacer.

 No sé por qué me asomé por la puerta, y miré hacia el pasadizo. Vi venir entonces a la profesora. De inmediato cerré la puerta. —¡La Inés, ahí viene la Inés! —alerté. Todos en el salón regresaron a sus carpetas y el silencio se instaló.

Segundos después ella entró. Tenía —era su rictus clásico— la boca estirada hacia un costado, en una mueca de desprecio, como si estuviera oliendo algo desagradable. Tercero de media, cuarenta y dos adolescentes en pleno verano en un ambiente con poca ventilación. No la culpo.

—¿Quién me ha tirado la puerta en la cara? —preguntó.

Tenía la mirada fija en algún punto hacia su lado izquierdo. Luego hacia el derecho. Yo no me di por aludido puesto que yo no había tirado la puerta, la había cerrado. El salón era un cementerio de noche.

— ¡He preguntado quién me ha tirado la puerta en la cara! — Insistía en la pregunta. Sus ojos, de por sí saltones, parecían ahora salir de sus orbitas. Sus fosas nasales se dilataban al máximo haciendo más evidente su temprana rinoplastia.

—Yo he sido miss, pero no he tirado la puerta —confesé a medias. Me levanté de mi sitio y me paré a un costado. Lo hice con dificultad, como si mi cuerpo –el corsé– me incomodara y me causara dolor.

Me quedó mirando con sus ojos saltones, su nariz respingada y sus cejas arqueadas. Yo le sostuve la mirada.

—¿Quién le cree a Tejada? —preguntó desafiante, con ese mohín suyo de desprecio.

Para mi orgullo, no sólo mis amigos se levantaron de sus asientos, sino también algunas amigas. Se podría decir que mis amigos lo hicieron por lealtad al hermano en desgracia, en un acto noble; pero las chicas sí creían realmente en mí. O eso quise creer yo.

—Siéntate no más— me dijo mientras con su mano derecha hizo el ademán de sentarse que un amo le haría a su perro.

Y comenzó con una larga y agría perorata dirigida a mis files amigos y amigas, en la cual vociferó –entre otras afrentas– que ellos seguramente quedaban al cuidado de empleadas y que sus padres no los educaban como deberían hacerlo.

Yo, bien sentado. 

Al año y medio de usar el corsé, tocaba ir a la clínica San Juan de Dios para un ajuste -seguía creciendo- y hablé con mi papá. Le dije que ya estaba cansado de usarlo, y que sentía que me limitaba: solo podía hacer el baile del robot en los quinceañeros. Él entendió y estuvo de acuerdo conmigo. Usarlo fue una de las mejores decisiones que tomé mi vida, y pude hacerlo gracias al apoyo de mis padres, y sobretodo, de mis amigos. 

lunes, 18 de noviembre de 2019

Vivir a mil


Esa noche de viernes no estaba tan fría como podría esperarse para casi mediados de Julio. Salí a dar una vuelta y me encontré con Iván. Me invitó a cenar a un chifa en José Leal con Guise, a unas cuadras de nuestro colegio. Era uno de mis chifas favoritos, a pesar de ser de los más modestos.

Unos meses atrás, había comenzado a trabajar como profesor y podía darme algunos gustos, antes negados para un joven estudiante. Sin embargo, ese restaurante siempre era mi primera opción, y más aún cuando ya no dependía de la caridad del mozo para el vasito con agua (no me alcanzaba para la gaseosa).

El chifa en cuestión era un local modesto, un típico chifita de barrio. Tenía una entrada angosta, decorada al estilo de una pagoda oriental, con ribetes dorados y gruesas rejas. Predominaba el rojo en todo: en los cerámicos de la entrada, en las paredes y en los manteles de las mesas cuadradas. Había encima de cada una un servilletero Coca-Cola -también rojo- y una botella de sillao, con tapa roja.

No era casualidad que Iván me haya llevado a ese chifa. Resulta que era el favorito de sus papás. Conocían al cocinero, y este les preparaba los platos más selectos. En más de una ocasión me encontré con ellos: yo con mi menú de cinco, ellos con su opíparo banquete.

A medida que el mozo iba trayendo la comida, - no dejaba de bromearle, haciéndole creer que se había equivocado de plato, o que nos debían preparar un plato cuyo nombre él inventaba. “Si o no, Germán. Tú ya has comido eso, si o no” me decía, giñando un ojo.
Trascurría así la cena, entre wantanes y siu-mais, conversando de todo, cuando me mencionó que estaba a punto de llegarle la sorpresa. Que nos tenía una sorpresa.

—Habla pues, ¿Qué es? ¿Un carro? —le pregunté.
—Es LA sorpresa —me dijo sonriendo, siempre sonriendo, y ladeando su cuerpo.
—Entonces debe ser LA camioneta, o LA moto —le dije.

Iván vivía a mil por hora. Le encantaba competir y ganar. A fines de quinto de media, un grupo de alumnos debimos dejar el colegio intempestivamente, y terminamos dispersos en instituciones algo relajadas en sus horarios y disciplina. Iván se hacía con el auto de su papá -un Ford de los setentas, colosal lancha de ocho cilindros- y recogía al resto de los expatriados para un vertiginoso paseo.

Se divertía cediendo el pase a ingenuas chicas en las esquinas, para de repente, acelerar y volver a frenar; cosa que las hacia brincar felinamente con el espanto dibujado en sus rostros. La memorable: aquella ocasión en la que forzó al máximo los ocho cilindros del Ford en la Cesar Vallejo. ¡Pero en contra!

Esta sed de adrenalina, de ímpetu y velocidad, decantó de manera natural en su afición por las motos. En mi vida, creo que me he subido a una motocicleta en dos o tres ocasiones. No más. Iván siempre quiso darme un paseo en la suya. Yo siempre me negué. Kike Mendoza fue uno de los que sí se subió y recuerda que hizo el tramo de su casa a mi casa -unas 12 cuadras- en lo que le tomó dos veces pestañear.

Al día siguiente, sábado por la noche, fueron un grupo de amigos, casi toda la mancha, a buscarlo para salir a huevear como siempre. Tocaron el timbre y les atendió su padre. Les dijo decir que Iván ya estaba durmiendo. Se había acostado temprano el angelito. «Que raro» pensaron y al retirarse, vieron a un lado de su casa, en la quinta de Alex Horna, una moto. Era "LA sorpresa" de la cual Iván me habló la noche anterior en el chifa.

Ya era domingo, y tenía en casa trabajando conmigo –trabajando es un decir- a un amigo del instituto. Me habían contratado para desarrollar un sistema, y Osquítar me ayudaba con la programación. Al menos cuando no dormía mientras yo estaba fuera jugando fulbito con mis amigos. En algunas ocasiones incluso él también jugó esos memorables partidos en el Parque Castilla.

Era mediodía y estaba en la cocina, preparando un tacu-tacu para departir con Osquítar cuando el teléfono sonó. Subí a contestar. Era Oscar, el hermano mayor.

—Germán, hola. Soy Oscar.
—Hola Oscar, ¿qué tal? –pregunté. Me pareció raro que él me llamara.
—Iván ha tenido un accidente. Estamos en el Hospital del Empleado –me dijo con voz apagada, temblorosa— Avisa a todos y vengan para acá. Está muy grave.

Después, en el hospital, me comentó que había conseguido mi número telefónico por una tarjeta mía en la billetera de su hermano. En el instituto me había hecho unas tarjetas de presentación. Jamás imaginé el rol que jugaría una de ellas en esta historia.

Colgué y desperté a  Osquítar. Le conté lo sucedido y le dije que procediera con el tacu-tacu. Salí presuroso al Hospital del Empleado, a no más de un kilómetro de distancia. Tenía en la ruta –a la vuelta de mi casa en realidad- a Jota Ramírez. Toqué su timbre, le silbé varias veces. Aquel silbido distintivo con el que nos aunábamos para los partidos o las fiestas.
Salió por su balcón y le dije que bajara al toque, que Iván se había accidentado. Bajó y mientras caminábamos hacia el hospital, íbamos especulando sobre el tipo de accidente que habría sufrido Iván. Coincidíamos en que debía estar relacionado con la moto. Con LA sorpresa de la noche anterior.

De un teléfono público a medio camino, llamé a Eduardo Field, dentro del grupo de amigos, él era el más cercano a Iván. No estaba en casa, así que dejé el mensaje con su mamá, no doré la píldora: el asunto era muy grave.

Al llegar al hospital, Renzo, el hermano menor, nos dijo que Iván estaba muy grave. El pronóstico era desalentador: los doctores habían dicho que, si sobrevivía, quedaría con secuelas de por vida. El traumatismo había sido muy severo.

Ahí supimos cómo fueron los hechos:  alrededor de las diez de la mañana, Iván iba, llevando a un amigo suyo, a la iglesia de Canevaro a bendecir su nueva moto. En el cruce de Tello con Garcilazo –a una cuadra de mi casa–  un auto lo había impactado a poca velocidad en la rueda trasera de la moto. Al parecer, un microbús no le permitió ver que, en ese momento, un carro cruzaba. El acompañante salió ileso, con tan sólo unos rasguños mientras que Iván tuvo la mala fortuna de impactar de cabeza contra un árbol. No llevaba el casco puesto.

Empezaba a anochecer y hacía mucho frio. Cada vez llegaba más gente al hospital. Yo regresé a mi casa por abrigo y conté lo que había sucedido. Mi hermana me dijo que podía usar su auto. Fui a ver a mi china a la casa de una amiga suya en San Isidro, donde se encontraba haciendo un trabajo para la universidad. Le conté todo y le dije que la tendría informada. Yo regresé al hospital.

Iván resistió hasta bien entrada la noche. La sala de emergencia donde lo atendían, estaba cerca de nosotros. O eso pensábamos, no sé. No recuerdo exactamente a qué hora fue, pero ese típico sonido intermitente que se escucha en las películas, se convirtió en un pitido continuo.

Dos momentos llenaron de una infinita pena mi corazón, el primero: cuando fui al Estadio Nacional a comprar un arreglo florar para mi amigo. Apreciar todo el negocio que se mueve en torno a la mayor de las tragedias, y el segundo: cuando le di el pésame a la mamá de Iván. Me miró, me tomo de las manos y el rostro y me dijo despacito “tú estuviste el viernes con Ivancito en el chifita”. ¡Dios mío! No existe una palabra en el diccionario para quien pierde a un hijo. Es un dolor que nadie está preparado para padecerlo. Ahora que soy padre, ese momento me duele más.

No fui al entierro. Tenía que trabajar y hubiera sido muy complicado en tan poco tiempo conseguir un reemplazo. Y aunque lo hubiera conseguido, creo que ya no quería someterme más a todos esos momentos tan desgarradoramente intensos. Era la primera vez que enfrentaba a la muerte tan de cerca.

En la noche, después de dictar las clases, me encontré con todos los amigos que habían ido al entierro. Me contaron que después de salir del velatorio, llevaron el féretro a la calle de Iván, antes de partir al cementerio. Era su último adiós. Después comenzamos a bromear, quizás para distraernos un rato, para relajarnos, para alejarnos por un momento de la realidad tan triste que estábamos viviendo.

Este episodio nos unió aún mucho más a todos los que salíamos juntos con Iván a los quinceañeros (me acuerdo el terno y las zapatillas blancas que más de una vez se puso), a la casa de Braulito, a las pichangas de fulbito, al billar (ahí podían encontrarlo dando su siesta en las bancas al costado de las mesas de billar), a la playa, etc.

Iván fue un gran amigo para todos nosotros. No podías estar serio frente a él. Él nunca lo estaba. Hacia cualquier payasada para alegrarte y hacerte reír. Experto inventado letras de canciones: “A Huacho me fui” (I want to break free, de Queen) por ejemplo, y contando chistes de los que sólo él se reía. Siempre le voy a recordar con esa sonrisa tan suya y esas ganas de vivir a mil por hora.

martes, 12 de noviembre de 2019

El Equipo Romantico


ROMÁNTICO: adjetivo. también sustantivo.

1.- Del romanticismo o relativo a este movimiento cultural: "en la obra de este escritor pueden observarse influencias románticas." 2.- [Persona] que defiende o sigue este movimiento cultural: "compositor romántico." 3.- Apropiado para el amor o que lo produce: "lugar romántico". 4.- Sentimental, generoso y soñador: "ese chico es un romántico".

Manuel Mendoza. Kike para su familia y amigos del colegio, Manuelito para sus amigos del trabajo. Mi compadre –es padrino de mi hijo mayor- es una de aquellas personas que siempre tienen la palabra precisa. A él se le atribuye el haber definido a nuestro viejo equipo de fulbito como "el Equipo Romántico", utilizando esta palabra en su cuarta acepción como vemos en el diccionario de la RAE.

Una tarde, allá por el año 86, estaba con mis papás en el viejo Toyota 73, cuando vi a un grupo de muchachos de mi cole en uno de los vértices del Parque Castilla. Kike, Lion, Micky, Toño y Rubén. Probablemente alguien más, pero yo a ellos los recuerdo.

—¡Para papá, acá me bajo! —le dije a mi viejo— son mis patas del cole.

Era invierno. Hacía mucho frío y la garua era intensa. No tenía la ropa adecuada, estaba en jeans y zapatillas, pero aun así la pasé de maravilla. Cambiamos de cancha a la quinta donde vivía; pero, ante enérgico pedido de mis vecinos, hartos de soportar pelotazos en las rejas de sus garajes, regresamos al parque, esta vez por el lado de la calle Sinchi Roca.

Así fue como comenzaron las pichangas de los viernes con mis amigos de toda la vida. Estábamos en sexto grado de primaria. Al principio éramos solo algunos del B los que nos juntábamos para pelotear. Todos vivíamos cerca. Luego, fueron apareciendo más y más jugadores, ya de ambas secciones y de otros distritos.

Los partidos se mantuvieron en actividad casi ininterrumpida por más de dos décadas, y fue así que en algo momento nació el Equipo Romántico: Kike, Lion, Micky, Toño y yo. Creo que si Rubens no lo conformó fue por que no era constante en las convocatorias. No siempre podíamos alinear todos juntos. Sea porque no estábamos completos, o porque los capitanes que armaban los equipos no nos hacían coincidir. Y fue entonces quedando en el olvido.

Hasta que hace unos diez años, ya en las postrimerías de las pichangas y estando todos en nuestros treintas, a Kike se le ocurrió alinear nuevamente a los cinco románticos, ya que después de muchísimo tiempo (debido a lo ajustada que comenzaba a estar la agenda de Micky), estábamos todos presentes.

Estábamos motivados para jugar. Teníamos hambre de gol y sed de victoria. Estábamos dispuestos a dejar todo en la cancha y sudar la camiseta. Jugamos con sentimiento, con pasión, recordando aquella tarde del año 86 donde, bajo la tupida garua de una tarde de invierno, jugamos por primera vez. Y obvio, perdimos. Nos llenaron la canasta.

Al año siguiente, volvimos a armar el Equipo Romántico. En esta ocasión no contábamos con la férrea defensa de Miguelito (ya su agenda se había apretado demasiado) así que convocamos a mi otro compadre: Alex "Greco" Horna, padrino de mi hija.

Ojo: Greco no era un romántico. Y que quede claro que nadie más lo era. Nunca habrá un romántico más. Hubo sí muchos invitados a completar a los románticos.

Teníamos esperanza en el refuerzo helénico, pero igual nos canastearon nuevamente. Uno de mis compadres –el de mi hijo- sobre mi otro compadre –el de mi hija- sentenció, siempre con la frase precisa: "Debut y despedida de Greco".

Luego de una corta deliberación entre los románticos presentes (Micky no estaba debido a lo apretado de su agenda) concluimos que "El Equipo Romántico ha muerto. ¡Viva el Equipo Romántico!".

Hoy por hoy, Micky (cuya agenda está ahora menos apretada) es el único de los Románticos que sigue jugando los martes regularmente en el Club Suizo con Alex y otros amigos de nuestra y otras promociones del colegio. No sé si se alinearon los astros, pero acordamos –hace unos meses- volver a alinear al equipo romántico, ya cuarentones. Costó poder convencer a Kike y a Lion de regresar a las canchas.

El martes acordado, Kike no llegó, pero sí el resto del equipo. La verdad es que ya no había hambre de gol ni sed de victoria, sino de chifa y gaseosa. Y a pesar de la previsible canasteada, esta vez el saldo fue aún más negativo: Lion cayó pesadamente sobre su mano y se fracturó la muñeca. 
Terminó enyesado desde el hombro hasta la mano del brazo izquierdo. Y lo peor: ¡es zurdo!

Aunque no estuvo presente mi compadre, le escuché decir nuevamente: “El Equipo Romántico ha muerto. ¡Viva el Equipo Romántico!”


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domingo, 10 de noviembre de 2019

Akun In Memoriam

Anoche no dejé de pensar en ti durante horas querido amigo. Venían muchos recuerdos, muchas imágenes a mi mente. Pero siempre estabas con una sonrisa. O casi siempre. A veces con cara de poto también. Porque eras así: auténtico, transparente, sincero; sin una pizca de poses. Jamás pretendías ser alguien más. Tener más.  
Hacías lo que querías, cuando querías. Afeitabas esos cuatro pelos parados que tenías por bigote sólo en ocasiones especiales. Un bautizo o un matrimonio. Y tu tenida era la mía: correa, zapatos y corbata que te heredaba. A veces, hasta los pantalones. Pintabas una pared en todos los sentidos: horizontal, vertical, diagonal. Instalabas conexiones que no sé cómo funcionaban. Levantabas paredes tú solito, trepado cual hombre araña oriental y usando lo que hubiere a mano. Podrías cocinar piedras con cartones, y eran una delicia.
Un escritor, Balo, dijo de ti en El Comercio: “Unos viven para trabajar, el chino Felipe trabajaba para vivir”. Logré contactarlo; quería que te saludara. Que recordara contigo todas esas anécdotas que de él y sus amigos de San Isidro me contabas. Pero no se pudo.
Siempre alegre y ocurrente. Recuerdo cuando te pregunté sobre la revelación de Ricky Martin, y me soltaste una de antología: “Se volteó el Titanic, ¡y no se va a voltear un hombre!” O cuando tu cardióloga te dijo que sólo podías tomar una copa de vino al día, y te apareciste en su consultorio con una inmensa copa de campeonato de fulbito. Y la mejor fue cuando encontraste mi billetera y me dijiste, ni bien bajaba de mi auto, que tenías una buena y mala noticia: - ¿Cuál es la buena, Akún?  -Que encontré tu billetera. -Lo máximo Akun, ¿Y la mala? -Que me prestes doscientos soles. 
¡Qué tal pendejo!
Recuerdo cuando te vi por última vez: dormías ya para la eternidad. No tenías pulso, pero te sentí vivo. No corría ya la sangre por tus venas, pero te sentí tibiecito. Tomé tu mano, abracé a tu hija y rezamos. Sentí mucha paz, y la siento cada vez que te recuerdo. 
Porque tú vives aún Akún: vives en tu devota esposa; en tus amados hijos y nietos. Vives en el limonero que sembraste y que cada año se carga de frutos. Vives en cada cachivache que nunca quisiste botar. En cada pared mal levantada que, curiosamente, sigue en pie. En cada repostero recuperado. En cada mueble reparado. En el cemento donde pusiste tu firma junto a la mía.  
Vives en mí, amigo. En mi recuerdo, en mi corazón. Y ahí estarás siempre. Porque fuiste quien me hizo el mejor cumplido que he recibido. Dándome unas palmaditas en el hombro, me dijiste: “La felicidad para un padre es tener a su hija bien casada, junto a un hombre bueno. Y yo soy inmensamente feliz”.  Cada que recuerdo esas palabras siento escalofríos y me palpita el corazón. Literalmente, lo siento latir más rápido y fuerte, como si le faltara espacio. Me querías bien Akun, me quieres bien. Y yo a ti.