viernes, 27 de diciembre de 2019

Una mañana, de hace diez años, con mis papás

Texto original del 6 de Abril de 2010. Corregido y aumentado.


Siempre me levanto temprano; aun estando de vacaciones, sea fin de semana o no. Así que, en aquella ocasión, decidí ir a ver a mis papás. Recuerdo que antes de salir, pedí que por favor prepararan Pollo Saltado para el almuerzo.

—Hola Pa.
—Hola hijito —me contestó, y nos dimos un abrazo. Lo besé en la mejilla recién afeitada. Brut After Shave. Muchos recuerdos de soltería; de mi hermano Piyín, de mi amigo Hernán. No me malinterpreten por favor. 

—¿Nos vamos afuera, o acá en casa? —le pregunté.
—Afuera hijo, acá no hay nada preparado.

Avanzamos hacia el auto. Mi papá, de manera automática, se dirigió hacia el asiento del piloto.

—¿Vas a manejar tú, papá?
— ¡Bah! La costumbre Germancho —dijo sonriendo— Aunque no estaría nada mal. Este es un carrazo.

Estábamos por entrar al auto, cuando apareció mi mamá por el balcón de su cuarto (ese mismo balcón desde donde una vez me sugirió -a gritos- entrar a casa antes que seguirla con Jota).

—¿A dónde van? —preguntó. Había escuchado el timbre a mi llegada.
—A desayunar Ma—me apuré en contestar, tratando de aliviar el desconcierto que vi en el rostro de mi papá.
—¿Y por qué no me invitan? —preguntó, aunque más bien, reprochó.
—Pero si te he estado silbando mamita —mentí— lo que pasa es que no me escuchaste.

Pero en esa época, hace diez años, escuchaba mucho mejor que ahora. Bajó. Me saludó. La abracé. Ese olor a mamá. Ese olor que siempre encontraba en su almohada al amanecer de un sábado o domingo y me quitaba el dolor de cabeza después de una noche de copas. Ese olorcito que ahora encuentro a mi lado al despertar todos los días.

—¿Y cholasho? —me saludó— ¿Cómo estás hijito?
—Acá pues mamita. He venido al taller y de pasadita a desayunar algo rico por acá.

La tomé de la cintura en dirección al auto. Mi papá estaba sentado de copiloto, pero, agilito él, se incorporó.

—Vieja, ven tú adelante mejor —sugirió mi papá para darle comodidad a mi madre.

Mi mamá encajonó su humanidad al auto. Agachó la cabeza lo necesario para no golpearse con el marco de la puerta, y al no tener donde apoyarse, cayó lenta y pesadamente. Contaba con que el asiento estuviera más cerca a sus posaderas. No tuvo –no tiene hasta hoy– en cuenta que es un deportivo, a pocos centímetros del suelo.

—¡Ay hijo!, este tú carrito —dijo riendo— es muy chato. Este tipo de situaciones le provocan mucha risa, y mi hermana Magui es igual.

Manejé con dirección a un pequeño restaurante en la calle José Leal donde servían desayunos y que mi mamá recomendaba. Era un lugar pequeño, con unas seis mesas distribuidas en dos filas, una a cada extremo del local. Había un calendario chino colgado en una de las paredes. Oportuna y útil donación de alguno de los chifas de la misma cuadra.

—¿Y cómo así has llegado a este huequito Ma?
—Acá venimos con mis amigas del Adulto Mayor.
—¿Serán esas viejitas que vi el otro día en casa?
—Sí, ellas son. Les gusta que les invite mis humitas y mis juanes. Además, dicen que yo soy la pituca del grupo, por la casa.

Se acercó una jovencito muy circunspecto a atendernos. Saludó muy respetuoso y pidió nuestra orden. Yo me imaginé en un restaurante francés con tres estrellas Michelin. Mi mamá ordenó un pan con chicharrón, no podía ser de otra forma. Mi papá y yo: pan con huevo.

—El huevo, señores. ¿Cómo lo quieren? ¿A la inglesa?

Mi papá y yo nos miramos un poco desconcertados. Él no sabía lo que significaba a la inglesa, aunque lo había comido así miles de veces. Entonces le expliqué que a la inglesa es con la yema cruda. Los pedimos con la yema bien frita.

—¿Y de beber? Tenemos…
—Café joven. —completó mi mamá, sin darle opción al camarero Michelin de ofrecer su amplia carta de bebidas.
—Café con leche —miré a mi papá. El asintió— Dos cafés con leche, por favor.
—Les repito su orden: Un pan con chicharrón para la dama. Dos panes con huevo con la yema bien frita para los caballeros. Y de beber un café, y dos cafés con leche.

Este mozo sí que había leído el manual del camarero perfecto. Confirmamos nuestros pedidos y esperamos.

—Pesadito, ¿di mamá? Y nos reímos.

Los sándwiches estuvieron sabrosos. Mi café con leche vino con nata, pero qué más da. Me recordó cuando de pequeño, en Trujillo, nos llevaban leche pura de vaca, fresca, fresquita; y que al hervir soltaba esa telita blanca y suave, como toallita húmeda para bebés.

Después de dejar en casa a mi mamá, fuimos al taller eléctrico de Don Ricardo y Efraín. El primero padre y maestro en el oficio, del segundo. Había postergado durante meses la reparación de las luces de mi auto, mi venerado Célica, en aquellos tiempos de color plata. El taller estaba bastante cerca de la casa de mis papás en mi querido Lince -a mitad de camino entre la casa de Kike y Eduardo- en la insigne Cuadra Canina. Denominada así por la cantidad de canes que en cada factoría de la zona habitaban.

Los habían de todo tipo: grandes y pequeños; hoscos y estruendosos, dóciles y agresivos. Uno de ellos, un chucho de edad imprecisa, había hecho del techo de un viejo auto su cómoda y mullida cama. Perro viejo ladra echado, dicen. Otro, más cruzado que el Jirón del Unión, era mediano y de color pardo. Resulta que en realidad era blanco como la nieve, lejanísimo descendiente en línea curva de Samoyedo. De tanta siesta bajo uno y otro carro, en uno y otro taller, había adquirido ese color marrón… rojizo… negruzco… que lo hacía tan característico. Perro de taller, dicen.

Cruzar esos cien metros para mí, canino pusilánime, fue siempre toda una aventura, cargada de angustia y aprensión. Pero tenía que hacerlo ya que dos de mis mejores amigos vivían en esa dirección.

Dejamos el carro y regresamos caminando las ocho cuadras que separaban al taller de la casa. Me sentí sumamente feliz de estar con mi papá conversando. Hacía mucho tiempo que no caminábamos ya que sólo me reportaba por teléfono. En ese entonces vivía donde mis suegros en San Borja. Sigo por acá, pero ya no con ellos.

En el camino, mi papá me contó algunas de sus anécdotas. Yo me las sabía, pero quería volver a escucharlas. No por la típica razón del hijo que deja que su padre le cuente mil veces lo mismo, sino que -aparte de ser interesantes y divertidas- no las recordaba muy bien.

Y en esas caminatas me di cuenta de algo que me hacía —que me hace— sentir muy feliz y más ligado a él. De rato en rato, cuando algo llamaba su atención (por ejemplo, un auto como el suyo por ahí estacionado) se detenía, me tomaba suavemente de brazo y comentaba: "¡Mira hijito, que tal Toyotaza! Así está mi marrón en Moyobamba".

—De cajón Pa. ¡Pero no mejor que mi Celica!

Llegando a casa, le ayudé a reparar un techo de maderas que hizo para que crezca el tumbo de mi mamá. Tumbo es una planta trepadora cuyo fruto se asemeja a la papaya, pero de exterior verde e interior blanco. Es riquísimo. Mi papá ya no quiere ese techo, pero mi mama sí. Traté de convencerla de ya sacar todo ese andamiaje, pero no dio su brazo a torcer. Y bueno, comenzó la típica discusión de ellos, en donde ninguno cede. Es su tema, y aunque a veces me incomoda, sé que es así como ellos "conversan" y yo no puedo además meterme en "lio de parejas".

Mi mamá estaba linda, con el cabello recién pintado —ahora lo usa al natural, blanco, níveo, hermoso— y había retomado la natación. Ahora, diez años después, ha vuelto a nadar.
Llamé a casa a mi esposa. «Voy a cerrar con broche de oro mi mañana almorzando mi pollito saltado» pensé. Mis papás se preparaban para almorzar fuera.

—No, no hemos preparado pollo saltado.
—Pero que pasó, yo pedí ese pollito. Estaba fastidiado. Hace diez años, no sabía cocinar. Ahora, yo mismo puedo prepararlo.
—Hay arroz, puré y bistec.
—Mmm… no gracias, yo como por acá.

Ese antojo no satisfecho, por más intenso que pudo haber sido, no mermó en nada la satisfacción que me produjo aquella mañana de hace diez años, el haber compartido con mis padres. 

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Un paseo inolvidable



Después de cumplir treinta años de servir al gobierno, mi papá decidió jubilarse. El Estado Peruano le agradecía toda una vida de trabajo, otorgándole el auto que, por su cargo, tuvo asignado: un Volkswagen escarabajo de los setentas. A caballo regalado no se le mira el diente. Además, un vocho es un vocho. Estaba con Lion, Micky, Braulio y el Chito.

—Oe chito, ¿tienes la llave de tu carro? —preguntó Chito Quiroz.
—¿De cuál? —le devolví la pregunta, porque tenía dos. Bueno, yo no, mi papá.
—Del Volkswagen plomo. —contestó, señalando al edificio— El que guardas ahí.
—Sí, tengo una copia. Pero mi viejo sabe.
—Vamos a dar una vueltita entons. —sugirió.
—Tamare, me tientas Chito.

Todos sabían de mi temprana afición por los fierros. Mi viejo me había confiado el volante y los cambios de su Toyota desde los cinco años. A los nueve, ya acá en Lima y sentado en el borde del asiento para alcanzar los pedales, controlaba totalmente el carro. Además, si no andaban durmiendo la mona los sábados por la mañana, me veían lavando el Toyota al detalle.

—Anímate Mancho —me alentó Braulito— por acá no más, por el parque.
—¿Vas Lion? —le preguntó Micky a Javier, muy entusiasmado.
— Meau… vamos pues —ronroneó indiferente Javier, haciendo honor a su felino apodo, aunque con un gruñido más cercano a un gatito recién nacido que a un león.
— Porseaca en ese no me salen las curvas cerradas, tipo Los Magníficos —les advertí.

Tiempo atrás, había chocado contra el sardinel de una esquina por hacer una de esas curvas. Estaba con Jean, y le pedí que no me buscaran en un año por el castigo que me imaginaba me impondría mi papá. Al día siguiente estaba en el bar Brinca.  

—Ya pues, que chucha, vamos. —cedí. —Espérenme a la vuelta para que la tía Tardeñor no los vea. Es buena gente, pero chismosita.

El edificio donde guardaba el VW tenía una guardiana. Era una mujer de edad incierta.  Bajita, lindando con el enanismo, y de larga cabellera. Cetrina, tenía unos ojos vivaces en un rostro ovalado y alegre, surcado por hondas arrugas que hacían más imprecisa su edad. Tardeñor no era su nombre, tampoco su apellido. Sucede que cada vez que veía a alguien de mi familia, buscaba de inmediato la mirada y saludaba ¡Tardeñor! ¡Tardeñora! Creo que decía “Buenas tardes señor”, “Buenas tardes señora”. Me recordaba el pregón de los canillitas que vendían El Satélite y La Industria, los dos periódicos que circulaban cuando viví de muy niño en Trujillo: “Telité…Telité”, “Nnntria…Nnntria”.

Por suerte, la señora guardiana no estuvo esa mañana de sábado en el edificio. Saqué el auto con cuidado y di la vuelta a la manzana. Ahí me esperaban mis amigos. Chito abrió la puerta:

—Entren chicas —ordenó sonriente. Guillermo no desperdiciaba la oportunidad para jo…, para bromear.
—Yo voy adelante Chito —pidió Braulio. —Soy el único que también maneja.
—Ni cagando Brinca, yo voy con mi señora adelante.

Braulio, Micky y Lion se sentaron en el asiento posterior. Guillermo, orgulloso, iba de copiloto.

—¡Vamos amor, llevemos a las niñas de paseo! — exclamó Chito, soltando su típica y sonora risa. Todo él convulsionaba. Los surcos de su rapada cabeza se pronunciaban más; sus ojos y boca abiertos al máximo en una contagiante carcajada.

Enrumbé por Joaquín Bernal con la familia. Giramos a la derecha en Guise. Pasamos frente al bar Brinca y llegamos a la avenida Cesar Vallejo, amplia arteria que conecta las avenidas Arequipa y Salaverry en nuestro barrio de Lince, y que divide el inmenso —ahora frondoso y bien cuidado— Parque Castilla en dos triángulos.

Estábamos en pleno paseo, cuando un Datsun Stanza, debía ser de inicios de los ochenta, adelantó raudo a mi escarabajo, diez años más antiguo.

—Te pasó en segunda, huevón —me dijo Chito. Y todos festejaron socarrones.
—¡Estás loco! —le dije. La chanza no me hizo mucha gracia— Vas a ver ahora.

Bajé a segunda, para tener más empuje, y pisé a fondo el pedal. Luego tercera. Otra vez acelerador al máximo. El motor rugió clamoroso alcanzando el límite de revoluciones. Mis amigos sintieron el incremento en la potencia del auto como si fuese en sus propios cuerpos. Estaban eufóricos. Yo lo estaba: sentí la adrenalina correr a raudales por mi sangre.

Luego, enganché cuarta y logré pasar al Datsun —azul oscuro recuerdo— y a su octogenario piloto. Giré el timón para tomar el carril izquierdo y completar así mi veloz y temeraria maniobra, mostrando quien era el que mandaba en las pistas del Castilla. Viéndose burlado por un viejo escarabajo y su adolescente conductor, el viejito aceleró, tratando de evitar el inminente rebase, pero ya era tarde. Ya lo había adelantado. Sí, pero no lo suficiente.

Un chirrido de metales sonó estridente:  el lado izquierdo del parachoques posterior –-curvo y metálico— de mi VW, se acopló al lado derecho del parachoques del otro auto –-también metálico, en L— quedando enganchados como a veces quedan los perros al aparearse. El timón se iba de un lado a otro, indómito. Lo único que podía hacer era sujetarlo con fuerza para mantenerlo derecho. Miré por el espejo retrovisor, y vi al otro conductor maniobrando como yo lo hacía para no perder el control de su vehículo, que ya se había subido a la berma central de la avenida.

Micky y Javier, atrás, vieron pasar sus vidas enteras en fracciones de segundo, y se tomaron de las manos. Braulio, estaba más pendiente del otro auto que del nuestro, rogando que no le pasara nada. Era un señor de edad el que estaba al volante.

Luego de unos segundos —que para mí fueron eternos— los autos se separaron casi a la altura del Cine Ambassador. Me quedé paralizado. Sujetaba con fuerza el volante, pero no escuchaba nada. No había sonidos: estaba en mute.  

—¡Acelera huevón! —gritó Chito.
Pero yo seguía en shock. Todo estaba en cámara lenta.
— ¡Acelera conchetumadre! —se desgañitó esta vez Guillermo.

Salí de mi parálisis, confirmé por el retrovisor que el auto de atrás había recuperado completamente el control. Pensé en detenerme y arreglar con el otro conductor. Guillermo pensó otra cosa: menores de edad, sin brevete, auto robado, acá perdemos.

—¡Fúgate mierda, Fúgate! —me dijo Chito. Y yo —A donde huevón. Y Braulio —De frente, dale de frente hasta Salaverry.

Manejé sin destino, simplemente quería alejarme la mayor distancia posible de Lince, pero con cuidado de no toparme con algún policía. Era aún menor de edad y solo tenía libreta militar.

—Putamare, la cagué —reflexioné. Las piernas me temblaban.
—Tranquilo Mancho, menos mal no pasó nada grave. —me calmó Micky.
—Nos pudimos matar —dijo Lion, tratando de mostrarse calmado, pero no tenía esa leve apatía que lo caracterizaba. Había perdido una, o dos, de sus vidas de gato.
—Esto estuvo mejor que la curva de Los Magníficos —bromeé, intentando ponerle paños fríos a la situación.

Ya en Jesús María, bajé para ver la magnitud del choque: el parachoques de metal estaba completamente doblado. Parecía un bigote antiguo, doblado hacia arriba como el del hombrecito del Monopolio. El guardafangos posterior de mi lado completamente abollado, pero la mica no se había roto. «La saqué barata» pensé.

Entre tanta vuelta y vuelta, me di cuenta que estaba cerca de la casa del Gordo Beto. Él estudiaba con Chito y conmigo en la universidad. Lo habíamos invitado varias veces a reuniones en Lince y había caído muy bien. Tanto que andaba enamorando a una amiga de la promoción.

Toqué el timbre de su domicilio, y salió su hermano. Aunque no lo conocía, el parecido era evidente. Pregunté por Beto.

—Mi hermano no está. Ha salido.

«¡La cagada!» pensé. «pero si no solo se parece al gordo en el cacharro, estoy salvado».

—Mira, yo estudio con él en la universidad y he tenido un problemón —me sinceré. 

Beto era un buen amigo, muy servicial y comprensivo. Pensé que también lo sería su hermano; total, eran igualitos.

—He chocado el carro de mi viejo. Menos mal no es grave, y justo hay un planchador acá en tu cuadra. ¿Tú crees que me puedas prestar unos veinte soles? Solo para que enderece el parachoques y levante el abollado que tiene.

 Me debe haber visto la cara de desesperado, y probablemente me recordaría de alguna reunión en la que estuvimos en su casa. O recordaría a Micky quien tuvo que trepar al segundo piso y agarrarse de una ventana porque Beto había olvidado su llave. El hecho es que la ventana comenzó a cerrarse con Micky férreamente asido a ella cual koala andino.

—A ver espera. Yo creo que sí me alcanza.

Respiré aliviado. Hice el trato con el planchador que, por divina providencia, se hallaba trabajando en un auto en la cuadra misma de Beto. Le tomó casi dos horas enderezar el bigote doblado del parachoques e inflar el abollado del guardafangos.

Regresamos en silencio. Guardé el auto en la cochera y fui a casa. Ya por la noche, mis papás estaban en cama, viendo las noticias. Entré.

—Pa, tengo algo que contarte —le dije a mi viejo.
—¿Qué cosa hijo? Espero que no sea nada malo.
—No, para nada. —traté de sonar sereno. —Hoy temprano, al sacar el plomo de la cochera, no calcule bien al retroceder y lo raspé con el muro del edificio.
—¿Y está muy abollado?
—No tanto, el guardafangos un poco abollado, pero no tanto. —sentí una gota de sudor por la espalda.
—Ah ya hijo. Está bien.
—Hasta mañana Pa. Hasta mañana Ma. —Me despedí.


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martes, 3 de diciembre de 2019

El nido

Mi hijo dio el examen de ingreso al colegio de manera extemporánea. Era una prueba muy rigurosa y selectiva, teniendo en cuenta que tenía cinco años de edad. El resultado dejó a sus evaluadoras sorprendidas y me preguntaron en qué nido había estado.

El nido Angel’s Garden era de la hermana de un amigo de colegio y funcionaba en su casa. Ella y su mamá habían adaptado el primer piso para acomodar, en la sala, dos salones de pre inicial; y en el patio posterior, una zona para actividades recreativas.  El garaje —escenario de un célebre y nebuloso tono de quinto de media diez años atrás— estaba reservado para las actuaciones. Como un plus, mi amigo Luis Miguel —experto informático desde muy pequeño— estaba a cargo de las clases de computación, aunque ese verano creo que andaba fugado.

—¡Apúrate!, vamos a llegar tarde. —me alertó mi esposa.
—Pero si aún falta media hora. —le dije— Además, está a la vuelta de la esquina.
—Es que quiero estar adelante, en un buen asiento.
—¡Bah!, pero si son las sillitas que usan los niños. No sé qué afán de usar esas mismas sillas siempre. A las justas entra el huesito de la alegría. Y las nalgas se te desparraman a los costados.
—Ay que criticón eres mi amor, así se ve más tierno —justificó ella, endulzando su voz. ¿Podía ser acaso ser más dulce?
—Se verá, pero duele el ocote —añadí— Podrían alquilar esas sillas blancas de plástico que hay en todo lado.

El nido estaba en una quinta con cuatro casas a cada lado y dos al fondo. El patio tenía una distancia de diez metros a lo ancho. Esa mañana, soleada pero fresca como era de esperarse para mediados de mayo, no había autos estacionados. Las sillitas, que usan los niños, estaban dispuestas en una cuadrícula de seis por cinco, frente a la cochera.

Conseguimos las mejores butacas posibles frente al garaje. Una cortina roja de pared a pared delimitaba el escenario. Los niños se encontraban tras bastidores, listos para la actuación. Habían llegado con horas de anticipación para el ensayo final.

Entre las cortinas, hizo su aparición el maestro de ceremonias. Toda actuación tiene uno. Sea el Día de la Madre en el nido del barrio, o la entrega de los premios Oscar en Los Angeles. En Angel’s Garden, el presentador oficial de todas las actuaciones en el nido, era el esposo de miss Giovanna. Vestía, en aquella ocasión, un pantalón de drill azul oscuro, con camisa blanca de manga larga y un chaleco granate. Afeitado al ras, engominado y ceremonioso, con un portapapeles en la mano, dio inicio a la velada con impostada voz de locutor radial:

—Bienvenidas mamitas del nido Angel’s Garden. —«Y los papitos», pensé— Es para mí un honor presentar estos pequeños pero emotivos números por el Día de la Madre.

Hizo una pausa. Miró al portapapeles. Probablemente revisaba el programa de la ceremonia para no cometer ningún error al momento de presentar los actos.

—Estos han sido preparados con mucho amor por vuestros hijos e hijas y por las mises Gloria y Giovanna —continuó.
—¡Que comience la función! —finalizó con sincero pero excesivo entusiasmo el esposo venido a maestro de ceremonias, mientras las cortinas rojas eran abiertas discretamente por las profesoras, quedando una a cada lado del escenario. Los pequeños aparecieron nerviosos en el tabladillo. Vieron a sus madres y abuelitas –y a algunos padres- frente a ellos. Algunos, los más espabilados, comenzaron a saludar.

Los aplausos sonaron atronadores. Las mamás y abuelitas además de aplaudir, sonreían y llamaban a sus pequeños a viva voz. Los pocos adultos varones que habíamos ido a la actuación, acomodábamos nuestras posaderas, tratando de centrarlas en esas sillitas que parecían de juguete. ¡Eran de juguete!

Gracias, muchas gracias –-reconocía el maestro, mientas señalaba con una mano extendida a los niños y a las profesoras. El crédito era de ellos. Tenía un mohín de júbilo en el rostro, las cejadas arqueadas hacia arriba dibujando leves surcos en la frente y los ojos bien abiertos. Era su momento, y lo estaba disfrutando.

—Bien, vamos a dar inicio entonces a la actuación por el Día de la Madre.

Hizo una pausa, y siempre con la voz de locutor, siguió: "Ahora, el salón de naranjitas y manzanitas bailaran un tondero para todas ustedes: las mamitas".

Eran sólo dos salones, con unos ocho niños en cada uno. No era necesario especificar el nombre de cada aula ya que siempre salían los ocho niños a actuar a la vez. Era obvio que el maestro lo consideraba necesario en su repertorio.

Los niños y niños salían –o los sacaban– al escenario en cada actuación con actitudes dispares. Había los que entraban con toda la confianza del mundo: artistas natos. Otros que, si bien aceptaban salir, no movían ni un solo musculo. Se quedaban ahí, estáticos: los cumplidores. Y finalmente, estaban los que no salían. Habían caído presa del pánico escénico, en lo que tal vez quedaría grabado en sus inconscientes como el primer ataque de pánico.

Fueron varios números los que prepararon miss Gloria y miss Giovanna con mucha dedicación, y todos fueron dirigidos con maestría y elegancia por el esposo.

Durante más de tres años asistió mi hijo a su nido, Angel’s Garden, y participó en muchas veladas. Se divirtió, aprendió y fue muy feliz ahí. Que más podría pedir para lo que fue la primera etapa en su educación.


sábado, 30 de noviembre de 2019

Permiso concedido

Pilar y Melissa vinieron a iniciar sus estudios superiores a la capital y se hospedaron en la casa de sus tíos Pedrín y Margarita en el límite entre los distritos de Lince y San Isidro. Era una zona residencial, pero a escasas cuadras de todo lo que en un distrito popular como Lince ofrecía: mercados, bodegas, panaderías, chifas y demás.

El tío Pedrín instaló una división de madera en el amplio dormitorio de Luis, su hijo menor de trece años. Un muchacho menudo y pequeño para su edad, a quien el desarrollo aún le era esquivo.

Pili y Meli, como se las conocía, compartían una cama de dos plazas a su lado de la división, y ahí se hallaban sentadas con su primito, conversando como todas las noches después de la cena.

—Anda compra una Coca-Cola, hijo —le pidió su padre. Apenas asomándose por la división.
—Ya pa’. Voy en el carro —contestó Luis, muy seguro de cada una de sus palabras.

Sus primas sonrieron y se miraron cómplices. Eran conscientes de lo atrevida de la afirmación de Luis, y sabían que él iba en serio.

—Anda pues, pero ya tú ve si te para la policía —le desafió su padre, lanzándole las llaves hacia la cama.

Las hermanas se volvieron a mirar, pero esta vez con desconcierto. Luis, siempre acompañado por su padre, manejaba por las noches cuando regresaban de alguna reunión. Pero sin él de copiloto, se limitaba a guardar los carros en la estrecha cochera

Como expelido por un resorte, Luis se incorporó, tomó las llaves del auto y fue escaleras abajo en busca del pequeño VW escarabajo. No era el carro que solía manejar con su papá, pero lo conocía bien. Con César, el chofer, había acumulado cientos de horas de manejo en años, sin que su padre lo sepa.

Acercó el asiento lo más que pudo —aún así tuvo que alejarse del espaldar para llegar a los pedales— acomodó los espejos a su posición de conducción y prendió el motor. Eran más de las nueve de noche y la avenida de su casa estaba despejada. La tienda de Don Juan, alias Rata Gorda, estaba a unas tres cuadras de distancia, a solo un giro a la izquierda de su lugar de partida, en la recta de Eduardo.

Luego de retroceder para sacar el VW de la quinta donde vivía, Luis puso primera y salió en busca de la Coca-Cola, pero para él era mucho más que eso. Era una conquista, era un sueño hecho realidad: por fin podía manejar solo y con la venia de su querido padre. Ya era un adulto.
«Pucha, cómo no está Edu por acá» pensó cuando pasó por la casa de su amigo. Un poco más allá, detuvo el pequeño bólido, justo frente a la tienda del Rata Gorda.

Bajó del carro con la autoestima al tope. Tenía su propio auto y podía ir a donde quería. —Una Coca-Cola familiar por favor —pidió entregando el envase vacío. Don Juan - le devolvió uno lleno, recibió el pago y entregó el cambio. «Nombre de casanova para este tío gordito, encima con esa chapa tan horrible» pensó y sonrió.

El camino de regreso pudo ser el mismo si hacia un giro en U, pero prefirió darle una vuelta a la manzana; así manejaría más y su victoria sería mayor. Giró a la derecha en José Leal con precaución.

Avanzó unos cincuenta metros y una luz reflejada en el espejo interior lo encegueció por un instante. Cuando pensó que la luz se alejaba, miró a su izquierda y un policía le indicó que se estacionara. Tuvo que llegar a la esquina, girar a la derecha –se aseguró de activar la luz direccional– para finalmente estacionar el carro al lado derecho de la calzada.

No estaba nervioso. Sabía que alguna falta al reglamento estaba cometiendo, pero tenía el permiso de su papá, así que respondió al interrogatorio del policía con naturalidad.

—Su brevete —pidió desafiante el policía.
—No tengo señor.
—Su libreta electoral. —exigió nuevamente.
—Tampoco tengo señor.
—Su libreta militar entonces —solicitó el policía impaciente.
—No señor, tampoco. Soy menor de edad. —explicó Luis. Sentía cómo la adrenalina iba corriendo por su sangre.
— Ya, ya chibolo. Maneja hasta casa. —ordenó el otro policía —con cuidado carajo!

Luis subió al auto, desconectó las luces de emergencia que –aunque no era necesario–- había prendido y encendió el motor. Tuvo mucho cuidado en activar la luz direccional en cada giro, y manejo con prudencia hasta la quinta. Los dos policías estacionaron su patrullero en la avenida, a la entrada de la quinta. No bajaron.

Pili y Meli escucharon el ruidoso motor del VW y se asomaron por la ventana del segundo piso a ver llegar a su primo.

—Luchito, te has demorado un poco. ¿Todo bien?  —preguntó Pilar.
—Si Pilita acá esta la gaseosa. Pero ha habido un pequeño problemita —había una media sonrisa en el rostro de Luis.

Meli, sacó entonces medio cuerpo por la ventana y miró hacia afuera de la quinta. Le extrañaba ver una luz roja y azul intermitentes. No le tomó nada de tiempo saber qué pasaba.

—Melisita, ¿Llegó Luchito? —preguntó el tío Pedrín desde su habitación. Sonaba orgulloso de la primera victoria de su winsho, su último hijo.
— Si tío Pedrito, pero ha venido con un patrullero creo.
—Dile a mi papá que baje, Pili. Unos policías quieren hablar con él.

El tío Pedrín había estado con el pijama puesto, viendo su novela. Abrió el closet y se envolvió en su bata marrón de baño, se calzó sus viejos y entrañables ojotas –que él llamaba mis yanques –, puso una de sus tarjetas de presentación dentro de su carné y bajó al encuentro de los agentes del orden.

Pasó delante de Luis y le pidió las llaves. No le dijo más nada. Él había autorizado esta primera incursión en la adultez de su hijo, quien subió a su cuarto y de inmediato comenzó el interrogatorio.

—Luchito, primo, ¿Qué ha pasado? ¡Cuenta!

—Oficiales, buenas noches.

—Nada Meli, yo llegué al rata gorda tranquilazo.
— Ya, ¿y?
—Y bueno, bajé del carro, entré a la bodega y pedí la Coca-Cola, y la pagué. Fue un toque. Pensé en buscar a mi pata Edu que vive al costado, pero dije no. Mejor no.

—Buenas noches Sr.
—Permítanme presentarme: soy el Dr. Pedro Olórtegui. Acá les entrego mi tarjeta y mi carné.
—Buenas noches Dr. Olórtegui. Como sabrá, su mejor hijo ha sido encontrado a las veintiuna horas con diez minutos de la noche del presente día operando un vehículo automotor sin los documentos necesarios para tal operación.

—Pero al pasar por ahí, al llegar, ¿no habías visto al patrullero?
—La verdad que ni me fije Pilita. Yo solo manejé con cuidado. Ni siquiera hice sonar las llantas en las curvas.
—No será que ese mañoso del rata gorda… ay que feo apodo… pero has visto como nos mira hermana? Bueno, ¿no será que ese adefesio buchisapa del Don Juan les alertó?
—No creo. Todo fue rapidazo. Ni bien di la vuelta de manzana… ¡tamare! Debí dar vuelta en U ahí nomá… Ni bien di la primera vuelta, ya estaba esa lucezasa en mi ojo.

—Este muchacho! Maneja desde los cinco años. Yo lo sentaba en mis piernas y él llevaba el timón; luego, los cambios; y ya acá en Lima, cuando vinimos la familia completa porque me nombraron Vocal Supremo del Tribunal Agrario, todo el carro.
—Si doctor, entiendo. Pero esta es una falta grave. Como mi compañero puede constatar, su menor hijo no mostró ningún tipo de documento cuando se le fue requerido por la autoridad. Además, no respetó las señales de tránsito ni operó de manera apropiada las luces indicadoras.

—Pero y qué te dijeron los tombos?
—Me pidieron mis documentos pues, y yo solo tengo mi carné de aguilucho de Faucett de cuando fui a Moyobamba en avión. Luego me dijeron que maneje de vuelta a casa. Vine despacito, parando en cada esquina y poniendo todas las direccionales.

—Oficiales, tienen toda la razón. Es una falta grave y lo peor es que yo, en broma, le contesté a mi hijo que podía llevar el carro. Jamás pensé que lo tomaría en serio. Les ruego que, únicamente por esta vez, perdonen la falta de mi hijo, que en realidad es la mía. Tiene mi número ahí en la tarjeta, si en algún momento tiene alguna consulta jurídica.
—Bueno doctor Olórtegui, usted sabe cómo está la Policía, y esta es una falta grave: multa e internamiento del vehículo automotor en cuestión. Y…
—Como les repito oficiales: están en todo su derecho de proceder de acuerdo al reglamento, pero somos seres humanos y debemos también siempre ver los atenuantes del deli…de la infracción. Me encargaré de que esto jamás vuelva a ocurrir.

—Ay primito, espero que te sirva de lección. Ven acá, dame un abrazo.
—¡Pero que conste que mi papá me autorizó ah! Además, no choque a nadie ni a nada, y la gaseosa llegó intacta.  

—Está bien doctor Olórtegui. Esperemos verlo pronto, pero en otras circunstancias. Tenga su carné.
—Gracias oficiales. Muy agradecido.

Pedrín logro sortear con éxito el “requerimiento” de los policías. Se sentía satisfecho y no estaba molesto con su hijo. Sabía que, a la mínima oportunidad, Luis iba a tomar el carro si es que contaba con su autorización. Y este había sido el caso.
Subió la escalera velozmente como lo seguiría haciendo por más de treinta años, entró a su cuarto, se quitó la bata marrón, y se dirigió al cuarto compartido.
Con la mirada fija en su hijo, el ceño fruncido, lanzó las llaves nuevamente a la cama y dijo: “Luis, anda guarda el carro”. Pilar y Melissa empezaron a reír y Luis suspiró aliviado. La había sacado barata. No tanto en realidad.

Un par de meses después, a pocos días de la navidad, los oficiales aquellos pasaron a saludar al Dr. Olórtegui y exigir su presente navideño. Luis, ese año, se quedaría sin el suyo.

viernes, 29 de noviembre de 2019

Una vuelta

Un viernes, cuando el ocaso iba cediendo a la noche, decidí dar unas vueltas por ahí con Nair, y tomé prestado —sin autorización— el auto de mi papá. Puse un casete de Depeche Mode a todo volumen y avancé los pocos metros que separaban mi casa de la suya.

Como todos los días, ella me esperaba en la puerta de su casa para comentar los sucesos del día en el colegio o para contar las hormigas que desfilaban, diligentes y metódicas, en su jardín. Y si algunas veces no había de qué hablar, el silencio no nos era incómodo. Era la amalgama de nuestra amistad.

—Sube Naysha —le dije emocionado— Vamos a dar una vuelta.

Ella estaba tan entusiasmada como yo, y subió sin remilgos. Pude ver la emoción en sus ojos y sentí la propia en todo mi cuerpo. Se acomodó de copiloto y cerró la puerta.

—¡Ya vamos Geremy, antes que nos vean desde tu casa!

Las manos me sudaban y sentí mi corazón a todo galope. Enganché primera y transmití todo ese vértigo a la máquina, hundiendo mi pie derecho en el acelerador. Mantuve el otro a medio camino en el pedal del embrague y logré que las llantas rechinaran por un momento, dejando una estela de humo antes de partir raudos.

Nair me miró deslumbrada. Ella sabía de mi pasión por los automóviles, pero ahora me veía en acción. Mi mano izquierda atenazaba el volante mientras que la derecha empuñaba, férrea, el pomo de la palanca de cambios. 

Aceleraba a full en las rectas haciendo los cambios sin soltar la palanca. Luego, a unos diez metros del cruce, enganchaba la segunda. Mantenía el embrague a fondo, daba la curva, y soltaba rápidamente el pedal. Las revoluciones del motor subían y éste rugía como un león. La tracción trasera del viejo Toyota hacia que el auto patinara. Yo corregía ese sesgo en la parte posterior girando el volante hacia el lado contrario.

Naysha estaba fascinada con mi conducción. Le encantaba –me confesó después- mi forma de hacer los cambios, sin retirar la mano del pomo. Teníamos quince años, y esta era, como el tema que sonaba fragoroso en ese momento —Personal Jesus— nuestra aventura personal. La intersección de Jesús vendría después.

Ya era completamente de noche. Aceleré en una recta larga, al costado de un parque, esperando la intersección propicia para una buena curva —tipo Los Magníficos, la denominaba— cuando, de repente…

— ¡Germán! ¡Cuidado! —gritó Nair con todas sus fuerzas, mientras se aferraba con las dos manos al tablero del Toyota. Fue un grito angustioso. Debe haber visto toda su vida pasar en ese instante.

— ¡Mierda! —exclamé y presioné el pedal del freno hasta casi atravesar el piso del auto. Giré el timón hacia la izquierda y levanté el freno de mano para ayudarle al carro a frenar. Las llantas rechinaron en un gemido casi animal hasta que el auto se detuvo.

En la zona donde vivíamos, el alumbrado público era escaso; y los pocos postes de luz que habían estaban casi siempre apagados debido a los apagones, cortesía del terrorismo de la época.

Bajamos del Toyota, y nos dimos cuenta de que —a menos de un metro de donde el auto se detuvo— había una zanja de talvez un metro de profundidad. Mis piernas me temblaban y mis rodillas casi podían chocarse la una con la otra. Nair estaba pálida y se llevó ambas manos al rostro.

—¡Geremy, acá nos matábamos! —me dijo nerviosa.
—Nada que ver Naysha —le dije tratando de disimular mi desazón— Acá estas con Meteoro.
—Pero si no habías visto este tremendo huecazo.
—Bueno, pa’ que veas que bueno es este carro.
—Pucha, de la que nos salvamos —suspiró Nair aliviada.

Subimos al auto. Bajé el volumen de la casetera hasta el susurro, y regresamos a casa en silencio. Un silencio cómplice y cómodo, como el de dos verdaderos amigos.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

Los cuentos de la noche

Así lo escribí hace diez años. Ahora mi hija tiene doce años, casi trece. Lo iba a editar, corrigiéndolo, agregándole recuerdos; pero no, lo dejo tal cual:

Ella no puede, no va a dormir sin su cuento de ley. Y tiene su mueble, no me deja estar ahí, menos si estoy con la laptop. "tu tale, papá" me dice. Y bueno, su palabra es ley. Yo salgo.

Y ella siempre está dispuesta a contarle el cuento, siempre. ¿Habrá alguien mejor que ella? No creo. Y por eso estuve, estoy y estaré para Ella.


"No e buo" dice ella. Ella le dice "Sí pues, no es un búho". "Nona nitos". ¿Qué? Me pregunto. Ella también. "Ah ya" dice Ella, "los siete enanitos". Es el cuento de esa bruja loca y envidiosa que envenena a la bella dama para que su espejo no le siga haciendo roche diciéndole que Blancanieves es la más hermosa.


Bueno pues, mi propia Blancanieves, la más hermosa de las mujeres, esta con la más hermosa de las bebitas del mundo, contándole el cuento a la vez que la educa (le pregunta por cada cosa del cuento). ¿Seré yo el príncipe encantador? Nica, pero sí soy el ángel de la guarda, de ambas (y de Él también).

miércoles, 20 de noviembre de 2019

Nuevo look

Tercero de media está a medio tramo en el larguísimo camino de la secundaria. Es un período crítico en nuestro desarrollo, tanto personal como social. Es la época de las hormonas en ebullición. Ocurren cambios en nuestra personalidad y apariencia, sean estos naturales como las desagradables erupciones o producidos, como un cambio de lookAl menos lo era hace treinta años. Hoy, la adolescencia se ha adelantado, y lo que sentíamos y hacíamos a los catorce ahora sucede a los once, o menos.

Michael apareció ese lejano 1988 con una apariencia distinta. Algo había cambiado en él. Estaba más alto y delgado como casi todos en el salón –yo no– pero eso no era todo. Era su cabello: había cambiado. Yo lo recordaba ondulado. Meses de aplicarse con regularidad Suave Gel de Helen Curtis, habían convertido su antes sinuosa caballera en una pelambre crespa, tupida e impermeable.

Humberto, que aún no era ni Pez ni Chito, llegó también con el cabello engominando con no sé si Helen Curtis o Glostora, pero el brillo en su cabellera era intenso, acentuado por el sol de verano. Él, como muchos, se encontraba en una tenaz lucha contra el despreciable, pero ineludible, acné.

Está claro que la moda era el peinado hacia atrás, con kilos de gel. Sin embargo, Rodrigo estaba ahí para alejarse de la norma; para ser la excepción a la regla. Para ser único. Él llegó con un peinado wave: el cabello rapado atrás y a los lados, pero crecido en la parte superior. Era una versión primigenia del famoso ‘hongo’ de los noventas.

Yo también llegaba con nuevo look. Llevaba ya tres meses usando un corsé de Milwaukee durante veintitrés horas al día. Esta era una armazón, un andamiaje de barras de aluminio -una adelante y dos atrás- que iba desde la cintura hasta el cuello, comenzando en una base de cuero y terminando en un collarín. Tenía la columna desviada de nacimiento, y luego de años de inútiles terapias –más por mi desidia que por la terapia en si- el doctor aseguró que era la única opción que me quedaba para enderezarla. Mis huesos estaban ya solidificándose. Caballero, no me quedó otra.

Sabía que iba a ser difícil acostumbrarme a estar rígido desde la cintura para arriba, día y noche, durante dos largos años. Sin embargo, durante ese verano logré dominarlo por completo: caminaba, corría, montaba bicicleta y hasta el carro de mi viejo podía manejar. Había días en los  que me lo quitaba sólo para bañarme y de inmediato me lo volvía a poner. Durante el verano, visité a mis amigos con mi cuerpo –como bautizaron al corsé- así que, para abril, cuando comenzaron las clases, estaban acostumbrados a verme usándolo y yo a usarlo.

En realidad, para mí, usar ese exoesqueleto me trajo ventajas como no hacer las tareas: “miss, tuve que ir a mi consulta a la clínica San Juan”, evitar la formación escolar de los lunes: “miss, el doctor me ha dicho que no esté tanto rato parado” o sortear las infames clases de educación física: “profe, el doctor me ha dicho que no haga el más mínimo esfuerzo físico”. Y la principal: me enderecé y crecí.

Hasta en situaciones extremas, mi supuesta condición de discapacitado, generaba conmiseración. Recuerdo una en particular con la miss Inés.

La profesora dejó el aula, y encargó la disciplina a los policías escolares: “school policemen, take care of the class” decía. El salón quedó acéfalo, sin dirección, y la anarquía y descontrol se instalaron. Poco era lo que la autoridad a cargo –school policemen— podía hacer.

 No sé por qué me asomé por la puerta, y miré hacia el pasadizo. Vi venir entonces a la profesora. De inmediato cerré la puerta. —¡La Inés, ahí viene la Inés! —alerté. Todos en el salón regresaron a sus carpetas y el silencio se instaló.

Segundos después ella entró. Tenía —era su rictus clásico— la boca estirada hacia un costado, en una mueca de desprecio, como si estuviera oliendo algo desagradable. Tercero de media, cuarenta y dos adolescentes en pleno verano en un ambiente con poca ventilación. No la culpo.

—¿Quién me ha tirado la puerta en la cara? —preguntó.

Tenía la mirada fija en algún punto hacia su lado izquierdo. Luego hacia el derecho. Yo no me di por aludido puesto que yo no había tirado la puerta, la había cerrado. El salón era un cementerio de noche.

— ¡He preguntado quién me ha tirado la puerta en la cara! — Insistía en la pregunta. Sus ojos, de por sí saltones, parecían ahora salir de sus orbitas. Sus fosas nasales se dilataban al máximo haciendo más evidente su temprana rinoplastia.

—Yo he sido miss, pero no he tirado la puerta —confesé a medias. Me levanté de mi sitio y me paré a un costado. Lo hice con dificultad, como si mi cuerpo –el corsé– me incomodara y me causara dolor.

Me quedó mirando con sus ojos saltones, su nariz respingada y sus cejas arqueadas. Yo le sostuve la mirada.

—¿Quién le cree a Tejada? —preguntó desafiante, con ese mohín suyo de desprecio.

Para mi orgullo, no sólo mis amigos se levantaron de sus asientos, sino también algunas amigas. Se podría decir que mis amigos lo hicieron por lealtad al hermano en desgracia, en un acto noble; pero las chicas sí creían realmente en mí. O eso quise creer yo.

—Siéntate no más— me dijo mientras con su mano derecha hizo el ademán de sentarse que un amo le haría a su perro.

Y comenzó con una larga y agría perorata dirigida a mis files amigos y amigas, en la cual vociferó –entre otras afrentas– que ellos seguramente quedaban al cuidado de empleadas y que sus padres no los educaban como deberían hacerlo.

Yo, bien sentado. 

Al año y medio de usar el corsé, tocaba ir a la clínica San Juan de Dios para un ajuste -seguía creciendo- y hablé con mi papá. Le dije que ya estaba cansado de usarlo, y que sentía que me limitaba: solo podía hacer el baile del robot en los quinceañeros. Él entendió y estuvo de acuerdo conmigo. Usarlo fue una de las mejores decisiones que tomé mi vida, y pude hacerlo gracias al apoyo de mis padres, y sobretodo, de mis amigos.